Hace poco recibí una crítica sobre la calidad de mis últimos post. Hablaba
de que me había vuelto algo repetitivo y fanático en cuanto a mis valoraciones
de la dupla Barça y Madrid, y que había perdido la objetividad
en algunos de mis comentarios. Concretamente se me criticaba cierta fijación, a
la vez que crispación en el momento de opinar sobre Mourinho y su compatriota Cristiano
Ronaldo.
Repasando los post publicados el mes de octubre, y los escritos desde el
inicio de esta Liga, puede que el
lector que me hizo llegar ese comentario tenga parte de razón, en cuanto a la
primera de sus afirmaciones. Y es que uno de los motivos que me llevo a abrir
este espacio, a parte de un experimento profesional ya finalizado, fue el subidón
que me producía cada partido del equipo que creo Josep Guardiola.
Un equipo que, en sus primeras tres temporadas llegó a practicar un fútbol
cómo ya jamás había creído que se podía jugar. Era indiferente el rival, no
importaba la competición, daba igual la clasificación. Cada partido azulgrana
era una exhibición de precisión, pase y control, presión, y acciones
espectaculares que hacía que la agenda del fin de semana se moviera en función
del horario del partido del Barça.
Ahora, he de reconocer que esa pasión ha disminuido, y que con la marcha de
Pep, y el inicio de Tito Vilanova como entrenador me ha
dejado huérfano de esas ansías por sentarme delante del televisor. Sólo un buen
post es posible, si éste se realiza desde la pasión y la necesidad de comentar
algo insólito. Sólo un buen relato nace, después de haber observado y vivido
algo único. Ahora, después de dos meses de competición, y con el mejor arranque
liguero del Barça en toda su
historia, a pesar de los números, no logro enchufarme al equipo ni a los
partidos.
Supongo que cualquiera que haya llegado hasta aquí en la lectura de este
artículo me tachará de pesimista o de sacrílego. ¿Pero que está diciendo este tío?
Líderes absolutos de la competición liguera, con un pie en los octavos de final
de la Champions, y solventado con crédito
el primer duelo copero, y va y nos cuenta que el Barça no le pone. A ocho puntos del Madrid, viendo como Messi
se dirige con paso firme hacía los mejores números de la historia que un
goleador haya registrado jamás. Observando como partido a partido el equipo
parece hacerse casi invencible, y va y este tío nos cuenta que la pasión le
desaparece….
Pues sí, y es que exceptuando el primer partido de los azulgranas ante la Real Sociedad, todavía no he podido ver
en acción aquel equipo explosivo que no hace tanto me hacía disfrutar en grado
sumo. Ahora observo los partidos como trámites, que de noventa minutos en
noventa minutos transcurren cual tedioso día en la oficina. Partidos casi repetidos
ante las arcaicas tácticas defensivas que los rivales presentan, siendo ya
independiente si el encuentro es en el Camp Nou o en cualquiera de los feudos
visitantes. Partidos con ciertos minutos de presión y vivacidad, que dejan paso
a largos minutos de control y juego horizontal sin apenas nada que reseñar.
Partidos que se solucionan a base de chispazos y genialidades que dejan con la
boca abierta, pero que adolecen de esa continuidad que te hacia quedarte
enganchado al sofá, dejando cualquier otra necesidad física para el descanso o
el pitido final, no fuera que en ese lapsus de tiempo hiciera que te perdieras
algo de lo que arrepentirte.
A todo ello contribuyen también los rivales, y es que exceptuando el Atlético de Madrid, que este fin de
semana ha caído en el primer choque verdaderamente exigente, tampoco parece que
hoy por hoy el Real Madrid esté para
lanzar cohetes precisamente. Perdidos en guerras internas y en ruedas de prensa
que poco hacen por analizar el juego del equipo, los blancos, tras un pobre
inicio, parecen haber recuperado algo el ritmo de la competición, pero quedan
lejos, muy lejos del equipo guerrero y veloz de la temporada pasada. La mejor
prueba es su último partido liguero, en el que el balón estuvo en poder de
forma casi permanente en los pies de los jugadores zaragocistas, que
adolecieron de aquello que todavía perdura en las botas de los merengues: el
acierto ante el gol.
Y así, este sábado, después de casi ciento ochenta minutos de fútbol, casi
me atrevo a decir que perdí la tarde delante del televisor sin apenas nada que
reseñar con notoriedad. Con sólo decir que las portadas del día siguiente
estaban el cien por cien dedicadas al nuevo hijo de Messi está dicho todo. Nunca hasta ese día periodismo deportivo y
de corazón estuvieron tan conectados. Del resto, el golazo de Villa, los laterales azulgrana, el
fallo de Messi, y los goles blancos.
Nada que un buen resumen de apenas diez minutos no pudiera incluir.
Y claro, escribir así es mucho más difícil. Y el centro de atención gira
hacía otros focos más luminosos, como es esas continuas guerras que tanto les
gusta provocar a los portugueses, que parece que se aburren si los periodos de
paz se alargan en demasía. Y así, en esa pertinaz propaganda por aupar al siete
blanco a unas cotas que para mi le están vedadas, puede que sí, que haya
centrado mi atención en demasía hacía un tema algo repetitivo, y que también
carece de emoción, cómo es discutir quien es el mejor futbolista del momento.
Intentaré corregirme y centrarme en lo futbolístico.
Para ello espero que Tito me
saque de este sopor que me ha entrado. Para ello me hace falta ver noventa
minutos de auténtica intensidad. Noventa minutos de asedio. Noventa minutos de ritmo
desenfrenado. Noventa minutos que vuelvan a activar mi cerebro, y lo alejen de
esa especie de letargo que haga que los partidos transcurran de forma
somnolienta y sin apenas alteraciones rítmicas. Noventa minutos de
encefalograma plano.
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