Desde el otro lado de la barrera, y como aficionado culé, he de reconocer
que estos días he evitado pasearme por los diferentes canales de televisión, a
la vez que he intentado leer las menores publicaciones deportivas posibles. No
creo que sea una excepción. La celebración del título blanco, me provoca
sentimientos encontrados, no tanto por las imágenes de alegría del rival, sino
por la imposibilidad de poderlas disfrutar en mis carnes. Eso, y los cánticos
ofensivos al eterno rival, que siempre se dan en este tipo de celebraciones,
seas del bando que seas, las cuales provocan cierto sentimiento de repulsa y
revanchismo.
Y como el masoquismo no es una de mis adicciones, al igual que dejé de ver
en su día ciertas tertulias y debates, he optado estos días por entretenerme
con la lectura, otra de mis grandes pasiones. Bajar la cabeza cual avestruz, y
dejar que el temporal pase ha sido mi elección. Perderme en los vericuetos del
Renacimiento, y en las historias de Joan
de LLafranc, protagonista de “Promet-me
que seràs lliure (Prométeme que serás libre) de Jordi Molist ha sido la opción escogida.
Pero hay un no sé que escondido en mi cerebro que no me deja ausentarme del
todo, y así, de forma casi clandestina, no vaya a ser que mi hijo me enganche,
no he podido resistir la tentación, y en breves dosis he podido observar las
celebraciones del título blanco. Y en éstas algo me ha llamado la atención.
En primer lugar, y es algo que ya vengo observando en mis amigos merengues
desde hace unos días, es que el título ha sabido a poco. Normalmente estas
celebraciones, dentro del buen rollo existente en un círculo de amistad, se
suelen acompañar de mensajes, sms o whatsapp (mis hijos me obligan a estar a la
última), con textos e imágenes de todo tipo. Algunas ofensivas, otras de carácter
chistoso, que promulgan la hegemonía del campeón sobre el derrotado. Ya después
de la derrota del Camp Nou, mi paciencia se fue armando para aguantar todo tipo
de chanzas. Y por extraño que parezca, sólo uno de estos mensajes me llegó.
Pensé que aprendiendo de años anteriores, y que posiblemente para no ser víctimas
del refranero popular, según el cual “quien ríe el último ríe mejor”, los exabruptos
quedaban guardados hasta la certificación del título. Y a día de hoy, he de
decir que todavía espero.
A esto hay que añadir, artículos de opinión de las más conocidas firmas
madridistas, que con Relaño a la
cabeza, le recuerdan a Mourinho que
lo hecho no tiene nada de extraordinario, y que sin ir mucho más allá en el
tiempo, se pueden encontrar mejores prestaciones en otros entrenadores del
equipo. La imagen del actual seleccionador español es puesta como ejemplo, y su
currículum recordado. No sé si ha sido como respuesta a este mensaje periodístico,
pero el portugués desde ayer no deja de recordar que esta es su séptima Liga.
Tampoco las celebraciones en Cibeles,
si bien alegres y con grandes
expresiones de júbilo, me parecieron exultantes. Recuerdo las nuestras de estos tres últimos años,
con rúas que acercaron a las calles de Barcelona casi un millón de personas, y
que obligaron a cerrar el estadio horas antes de la llegada del séquito de
jugadores. Visto los pequeños flashes que mi indiscreción me permitió aguantar,
las celebraciones del título blanco me parecieron bastante lejos de las aquí
observadas estos últimos años.
Creo que el principal causante de esta retención ha sido la pérdida de la Champions. De la Décima. Ya dije en uno
de mis anteriores artículos que este es uno de los principales impedimentos que
tiene el Real Madrid por hacerse con
tan preciado trofeo. No se trata de ganar sólo una edición de la Champions, se trata de una obsesión por
la acumulación del palmarés, por ser el más grande, por ser el que más tiene. Y
este hecho se refleja en todo lo que rodea al equipo merengue. O al menos yo lo
veo así. Tendría que acudir ahora mismo a Google
para saber las Ligas ganadas por mi equipo, no recuerdo exactamente el número
(veintiuno o veintidós, creo), pero tengo clarísimo cual ha sido el número de
Ligas conquistadas por nuestro máximo rival. Y es que el treinta y dos ha sido
repetido de forma machacona durante estos dos días.
Las portadas de los principales diarios de Madrid, Casillas en su
parlamento, y la opinión de mis más afines, no hablan casi de la Liga. Hablan
de la Décima. El próximo año la conseguiremos. El próximo año será el
definitivo. El próximo año….. Y así, pensando en el próximo año, en la grandeza
venidera, en futuros títulos y galardones, parece que el actual ha sabido a
poco.
No es muy diferente Mourinho, al
que hoy le he podido leer que ya trabaja para conquistar su octava Liga. Me
hace gracias ver el discurso del portugués, que independientemente del lugar en
el que ejerza cuenta los títulos a partir de su persona, y no a partir del que
representa. El discurso el válido allí donde vaya, y el próximo título sólo
contará, según sus cálculos para aumentar su particular palmarés. Así, en mi
opinión, también es difícil disfrutar de lo ocurrido.
Aquí, en Barcelona, ahora nos
consolamos y nos lamemos las heridas observando los títulos de la era Guardiola y afilando las uñas para la
conquista de la próxima Copa del Rey. Curioso fin, que pondrá broche de oro al
ciclo de Pep en el banquillo, con la
posibilidad de cerrar sus triunfos igual que empezaron: con una final de Copa
ante el Atlhetic de Bilbao. ¿Cuántos
títulos de Copa llevará el Barça?..
Ahora voy a Google a consultarlo…..
Tweet
https://twitter.com/jcarrasquet
Si te ha interesado este artículo, quizas quieras leer estos:










