La maldición del nueve

Desde que Guardiola está en el banquillo cada uno de los portadores de este mítico número han abandonado el equipo. Será capaz Aléxis de romper con esta maldición?

Cesc Fábregas. Punto Final?

Después de tres años con noticias repetitivas sobre su contratación, parece que al final este año se dan las condiciones para su vuelta

La profecía de Van Gaal

Hace un tiempo, Van Gaal, hizo una profecía, queréis saber cual es?

Mourinho, una táctica diferente

Mourinho se caracteriza por explotar al máximo el entorno que rodea la disputa de un partdo.

Cruyff, dos inicios. Una historia.

La llegada de Cruyff al Barcelona supuso una revolución, tanto en su etapa como jugador, como en la de entrenador.

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lunes, 24 de febrero de 2014

Una montaña rusa de sensaciones

Supongo que todos en alguna ocasión os habéis montado en una montaña rusa, y a su vez, experimentado el vaivén de sensaciones que, ahora arriba, ahora abajo,  producen los continuos cambios gravitatorios por los que se caracterizan este tipo de atracciones. A la placidez de la subida inicial, escuchando el traqueteo de las vagonetas, y el runrún del motor de arrastre, se une un cosquilleo en el estómago antes de la inminente bajada. La tranquilidad y el placer de un paisaje en el horizonte, dejará paso a la convulsión de un sinfín de bucles y maniobras, que hacen que a nuestro cerebro le sea difícil interpretar en que situación nos encontramos. A la euforia de observar la primera de las rampas, se le sucede el vértigo y la incertidumbre del que se enfrenta por primera vez a un trayecto vertiginoso y sin control. Arriba y abajo, euforia y vértigo, miedo y tensión se suceden sin apenas dar tiempo a la pausa entre cada una de estas sensaciones.

Y en eso estamos los culés, un día arriba, observándolo todo desde las alturas, Desde una posición de privilegio que nos permite observar a nuestros rivales desde la placidez del saber que todo está dominado. Líderes durante una sucesión récord de jornadas, pronosticaban un campeonato liguero sin apenas sobresaltos, esperando la llegada de las fuertes emociones que nos depararía la Champions. Y otros días abajo, en los que un revolcón por un giro inesperado, nos mete el miedo en el cuerpo, y hace que se tambaleen todos aquellos conceptos que apenas momentos atrás creíamos tan seguros.

Un día la euforia se instala en todos los medios y círculos culés, pensando que el equipo y su cuerpo técnico han dado con la tecla adecuada en la confección de un once de garantías, y una táctica de juego. Y al siguiente, unas rotaciones, que hasta el momento se habían constituido cómo la mejor de las apuestas, para garantizar llegar al tramo final de la temporada con todos los integrantes al máximo de su fuerzas, se convierten en un arma en contra a tenor del revolcón de nuestro último partido de Liga en Anoeta. Revolcón que se une a una fase ya general de desconcierto que hace que en este 2014 que apenas comienza el equipo se haya dejado por el camino la nada despreciable suma de diez puntos, y que en una hipotética Liga anual le colocaría en una tercera posición harto compartida, y alejado a una distancia casi insalvable de ocho puntos con el máximo rival, generando el vértigo usual que este tipo de situación nos provoca.

Hay momentos en el que el equipo es reconocible, y nos muestra su mejor versión apabullando al rival de turno. Pero hay otros en los que desaparece y muestra signos de debilidad que creíamos ya desterrados. Hay fases de la temporada en las que no hemos sentido imbatibles, y otros, como la actual, en la que parece que cualquier balón que ronda las inmediaciones de nuestra área es sinónimo de gol. Y si ese balón dibuja una estela en forma de centro, la sensación de vértigo se acrecienta, y ya casi es mejor cerrar los ojos a la espera del desenlace final de la jugada.

Aunque en mi opinión, un denominador común se extiende en cada una de las actuaciones del equipo, independientemente del resultado. Y es la falta de intensidad. Parecen los azulgrana todavía afectados por el rapapolvo alemán de finales de la temporada pasada, en las que un equipo fundido se las tuvo que ver con la mayor de las amenazas en esa fase del campeonato. No hará falta recordar aquí el resultado, pero parece, que en el subconsciente de cada uno de los integrantes de este plantel ha quedado grabado ese momento, y ya sea mediante la aplicación de la dosificación de esfuerzos en el once titular, ya sea mediante el ahorro de fuerzas en los mismos partidos, el equipo hoy por hoy no se encuentra del todo preparado para una confrontación física del máximo nivel.

Y así, con un equipo mucho más estirado de lo habitual, y con un centro del campo obligado a correr muchos más metros entre la separación que existe entre defensas y atacantes, los azulgrana sufren en cuanto el rival tiene el balón. Sufre en esa franja que oscila entre el treinta y treinta y cinco por ciento de porcentaje en la que hay que defender, en la que hay que presionar, en la que hay que ser solidario. Y parece que, proveyendo que lo mejor está por llegar, se rebaja el listón de exigencia en cada uno de los esfuerzos individuales. Se relajan las marcas, se rebaja el índice de presión, y se basa todo a los veinte o veinte cinco minutos en los que los jugadores se “ponen las pilas”, y deciden que ese es el momento del partido. Partidos de apenas media hora, diluyendo el resto en puro trámite.

Esperemos que el final de este trayecto de altos y bajos nos conduzca a un final, que al igual que en la famosa atracción, una vez puestos los pies en el suelo, y con la pausa de la parada, nos permita apreciar la realidad del momento, y que a pesar de los sinsabores sufridos, las sensaciones finales de emoción e incertidumbre nos dejen el recuerdo de que al a la postre, todo ha valido la pena.




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jueves, 6 de febrero de 2014

Los mejores años de nuestra vida.

Sabía que iba a llegar este momento. Sabía que la depresión post-Guardiola sería un hecho. Sabía que la vorágine de títulos y emociones celebrados sin parar no hace mucho, haría que una cierta depresión nos invadiera cuando el carrusel de celebraciones tomará visos de normalidad. Sabía que lo que en su día marcaba la agenda de la semana, juega el Barça, dejaría paso a otras actividades que ocuparían ese lugar primordial.

Poco a poco, desde aquellos años locos, en los que encadenábamos partidazo tras partidazo, título tras título, locura tras locura, el equipo, sin un aliciente mayor al que agarrarse que supere aquello que ya logó, parece que se ha instalado en cierto acomodamiento, y cómo aquel que se levanta temprano cada mañana para acudir a un rutinario día de oficina, ahora, aquellos que nos deslumbraban, acometen su tarea de noventa minutos esperando que el tiempo transcurra entre anodino y placentero, para, salvo accidente, ir cumpliendo los expedientes que a día de hoy le mantiene vivo en todas las competiciones.

Pero algo se está perdiendo por el camino. Una ilusión que te pegaba delante del televisor, o en tu butaca en el estadio parece estar desapareciendo. Una ilusión, que independientemente de si eran las diez, las doce o las cuatro, hacía que en procesión acudiéramos al estadio, o a llenar los bares en busca de la última filigrana de Messi, del pase genial de Xavi, de la fantasía de Iniesta, de la bravura de Puyol, o de la elegancia de Piqué. Una ilusión por observar partido a partido noventa minutos diferentes. Noventa minutos que parecían veinte.

Y no quiero culpar a  los jugadores. Casi les entiendo. Y es que el reto cada tres días es el mismo. Un equipo cerrado nos espera, dos líneas muy juntas se instalan al borde del área rival. Un único punta, o en un alarde de valentía máxima, puede que hasta dos se descuelgan esperando el pelotazo que coja la espalda a nuestros adelantados, y a veces desesperados centrales. Y así partido a partido, los espectadores vemos el mismo espectáculo, con la única diferencia del color de la camiseta del equipo rival. A veces incluso cambia hasta la nuestra.

Y ahí están Pedro y Aléxis, cada uno a lo suyo intentando desbordar por banda. Ahí están Alba y Alves subiendo hasta la línea de fondo y poniendo centros a los que nadie llega. Ahí sigue Xavi, tocando, girando y buscando el pase más fácil sin encontrar el pasillo final. Y Messi, enjaulado, rodeado, obligado a buscarse la vida mucho más lejos de la zona en la que ha demostrado ser el mejor. Y Iniesta…., ¿dónde está Iniesta?

Vemos partidos de detalles.  Detalles que la calidad infinita de cada uno de los jugadores que forman el once azulgrana propician cada cierto tiempo. Vemos partidos de individualidades. Pero no vemos jugar al Barça. Hace ya algunos días que el equipo en sí está decayendo. Y las gradas, esas gradas que no hace mucho presentaban mosaicos dignos de la mejor foto, cada día presentan más color amarillo en su dibujo. Estarán contentos los patrocinadores del estadio, que pueden mostrar sus marcas incluso en los días de partido.

Ahora cualquier excusa en buena para no acudir al estadio. Un día hace frio, Otro es tarde, o incluso  muy tarde. O incluso puede que sea muy pronto. Hoy no juega Messi. Hoy jugamos contra el colista.  Cualquier excusa vale para quedarse en casa, y esperar el resumen del partido que muestre esos pequeños detalles que antes se sucedían desde el primer minuto de partido.


Ojala sea un ciclo pasajero, y la caída de biorritmos que solemos tener en los meses de enero y febrero, fruto de un calendario que apenas deja pausas sea la causa de este bajón. Quizás al oír las primeras notas del wagneriano himno de la Champions la energía regrese, y lo que hoy escribo, deje paso a una repetición de emociones, que a día de hoy me producen cierta nostalgia, y que sin ir más lejos, hace pocos días, me hizo acudir a mi baúl de los recuerdos, y rescatar de allí un DVD que escenificaba y resumía lo que fue la temporada perfecta, la temporada del sextete. Aunque el efecto fue contraproducente y observando cada una de las imágenes, y futbolísticamente hablando, no pude sacarme de encima al sensación de, parafraseando un sugerente título de una antigua serie de televisión, estar rememorando los mejores años de nuestra vida. 




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lunes, 21 de enero de 2013

El entorno


Son varias las aportaciones lingüísticas de Johan Cruyff, las cuales, aún sin ser aceptadas por la Real Academia Española de la Lengua (RAE), siguen frescas en la memoria del aficionadazo culé. Quien no recuerda todavía términos como "peloto", "gallina de piel" o “un palomo no hace verano”.

Sin embargo, fue otra la palabra, esta ya sí incluida en el diccionario, la que alcanzó mayor repercusión, y por la cual es tanto a o más recordado que por el enorme legado futbolístico que dejó al Barça. Nació en Praga, el día 1 de abril de 1992, y en la posterior rueda de prensa al partido, el genio holandés dictaminó cual cirujano, las razones de las causas de una derrota inesperada, y ante la sorpresa de todos, no culpo a los jugadores empleados, ni al nivel o la motivación del rival, ni a su propia táctica. No, nada de eso influyo, el dictamen fue otro, y este decía que el partido lo había perdido “el entorno”.

Hoy, con más de dos décadas transcurridas nos encontramos diseccionando las razones del primer descalabro culé en la Liga. Ha tenido que pasar toda una primera vuelta para narrar una derrota, y poder explicar sus causas. Nada preocupante, si se tiene en cuenta que todavía el colchón con nuestros más próximos perseguidores nos tiene permitido echar una cabezadita reponiendo fuerzas ante batallas más trascendentes. Pero como toda derrota escuece, más después de un período en el que el equipo se mostraba casi invencible.

Después de la última exhibición en Málaga, mensajes y más mensajes externos al equipo hablaban de equipo mayúsculo. Nos regodeábamos en lo buenos que somos. Nos jactábamos de tener a los mejores, y de alcanzar tal nivel que apenas nadie osaba a poner en duda el paseo triunfal, que de aquí al mes de mayo se iba a dar el equipo en la Liga.

Llegaron las portadas de France Football en la que nos hemos recreado con los parabienes a cada uno de los principales integrantes de esta plantilla de ensueño. Llegaron las portadas incendiarias de los principales medios barceloneses que, haciendo sangre entre la idílica situación culé, y la casi ruinosa estampa blanca, se cebaban en un equipo, del que si algo hemos aprendido los de mi generación, es que nunca se puede dar por muerto.

Llegaron a su vez posts, artículos de opinión, y demás mensajes digitales destinados a la masacre de Mourinho y sus secuaces. Es curiosos analizar, cómo de un tiempo a esta parte cualquier análisis que se hace desde una óptica azulgrana tiene el éxito asegurado con sólo nombrar al técnico portugués y hacer menosprecio de su labor. Es terreno abonado para alcanzar el top-ten en la red, juntar párrafos y líneas hablando de nuestro máximo rival de forma despectiva. Es estrategia de marketing con éxito asegurado mezclar insultos y menoscabo hacia la plantilla merengue. No vale sólo ya con la loa de los nuestros. No estamos ya a gusto únicamente observando las continuas delicatessen que partido a partido nos ofrece nuestra plantilla. Parece que la digestión no es completa, si no añadimos al menú unas gotas de picante que pongan patas arriba todo aquello que tiene que ver con la blanca institución.

Llegó también el mensaje de Valdés, el cual, según mi opinión, aunque respetable y lícito se ha hecho de la peor forma posible. Llegó a su vez, la reacción posterior, en forma de aclaraciones. Llegaron los análisis de cada uno de los porteros que ahora despuntan en Europa.

Y después de todos esos mensajes, llegó el fútbol, el de verdad. El que se juega en el césped. Y llegó el Málaga, y con una imagen sobria puso en jaque la primera de las competiciones en las que el Barça se juega seguir vivo este mes de enero. Y volvió la Liga, y entre mensajes de optimismo, rotaciones, porteros volubles y sensación de dominio absoluto, los donostiarras nos hicieron ver, que el fútbol no entiende de nada más que de aciertos y errores. Y de estos últimos. los azulgrana han cometido bastantes esta semana.

Los ha cometido el equipo, que ha encajado cinco goles en dos partidos, en unas estadísticas impropias de un grande. Los ha cometido Valdés, que a partir de ahora hará de cada partido un plebiscito generándose una presión añadida, a la que ya de por si sufre el habitante de la portería culé. Los ha cometido la prensa y el mundo digital, que apenas ha prestado atención a lo que ahora tocaba, y se ha perdido en batallas y palos sin sentido. Y los hemos cometido los aficionados, los cuales, viéndonos tan y tan arriba, estamos vendiendo ya los títulos mucho antes de que éstos se disputen.

Porque, por extraño que parezca, dentro y fuera del club, todo es entorno. Y el entorno juega, y esta semana lo ha hecho en nuestra contra.
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domingo, 19 de agosto de 2012

La vida sigue igual.


En unas fechas atípicas de inicio de temporada, en pleno mes de Agosto, cuando los de mi edad estábamos acostumbrados a ver desenvolverse al equipo en unos torneos de pretemporada, que yo particularmente encuentro a faltar, se ha iniciado una nueva temporada liguera.

Y las sensaciones vistos estos primeros noventa minutos ante la Real Sociedad es que la vida sigue igual… o incluso mejor. Y es que de la misma forma que bauticé ahora casi un año a este equipo como el Barça de las manitas, el reencuentro del equipo con la competición ha mostrado el famoso guarismo en el marcador. Cinco goles, cada uno de ellos con significado.

El primero de Puyol, que de forma atípica se ha encargado de inaugurar la lista de goleadores de la temporada. Reaparecía el central azulgrana en el campo después de un verano riguroso de recuperación. Y cómo si de un premio se tratará, a los tres minutos de juego, un saque de esquina, le ha dado la oportunidad de poner en práctica uno de esos testarazos que tanto hemos celebrado los culés, sobre todo ante nuestro eterno rival. Buen augurio este primer tanto del curso liguero.

Y seguidamente Messi, que no ha dado tiempo a respirar a los donostiarras, que en uno de los pocos ataques que ha realizado ha sido capaz de empatar el partido. En menos tiempo del que se tarda en explicarlo, el diez azulgrana ha puesto de manifiesto que necesita poco, muy poco para mandar a la red el cuero. Y allí donde muchos necesitan tiempo y pausa, él únicamente necesita de un espacio para encañonar al portero rival. Dos goles, que han puesto ventaja en el marcador, y que daba la sensación que cerraba el partido apenas un cuarto hora después de que el árbitro le diera inicio.

Y así, instalados en la comodidad del marcador y en un rondo gigante, con un Tello que ha sido determinante en banda, y que ha puesto en jaque al su lateral cada vez que encaraba, cada ataque azulgrana parecía el preludio de un nuevo gol. Y ha sido Pedro, a centro del ex de la Damm, el que ha conseguido el cuarto gol, cerrando así el marcador de la primera parte, y dejando la segunda parte como un trámite que había que disputar porqué así lo marca el reglamento.

Y así ha sido. Juego anodino, lento y con muchas pausas. Regulación de fuerzas y de efectivos, y reaparición de Villa. Y nuevamente parecía que el día se mostraba proclive a agasajar a aquellos jugadores que han pasado por problemas estos últimos meses.  Y en apenas cinco minutos, el asturiano ha conseguido su particular trofeo, y ha cerrado la manita de goles de este primer partido de la temporada. Nuevamente aquel MVP que nos hizo grandes hace sólo una temporada, marcaba sus siglas en la firma de goleadores de un partido. La última vez fue en la mítica final de Wembley que nos dio nuestra cuarta Champions. Otro buen augurio.

Y para redondear la jornada, y en una de esas sorpresas que se acostumbrar a dar en los pasos iniciales de una temporada, el Real Madrid no conseguía hacerse con la victoria en su feudo ante el Valencia, con lo que los azulgrana inician el año liguero con una mínima ventaja, que sabe a gloria después de un verano escuchando las virtudes del equipo blanco, y algo de menosprecio hacia unos jugadores que apenas han fallado en cuatro años, y que costará mucho, pero mucho igualar. Y es que no puedo resistirme a valorar en estas líneas el trato de magnificencia que se le están dado a los dos, y he dicho dos, títulos de Mourinho en el banquillo blanco. Sino me fallan las cuentas, creo que estamos hablando de un diez a dos en cuanto a número de entorchados en estos dos últimos años a favor de los cules. Y aún así, parece que sean los jugadores azulgrana los que tienen algo que demostrar.

Ahora, un nuevo episodio de este duelo tan apasionante entre cules y merengues se empieza a preparar. Un duelo que viene con mucha menos tensión que la pasada temporada. Pero que nadie dude, que una vez puesto el balón en juego, los dos partidos que marcan el primer trofeo del año se convertirán en trascendentes. Trascendentes para los equipos, ambos con ganas de demostrar su supremacía sobre el máximo rival, y trascendentes para sus máximas estrellas, involucradas en un debate por un Balòn de Oro, que muchos ya han otorgado al siete blanco, olvidando que las prestaciones de un Messi fresco en este inicio de temporada pueden maravillar a los verdaderos votantes.

Pero antes, mañana, se disputa un Gamper, con el aliciente de poder ver en acción al nuevo fichaje azulgrana, Song. Qué poquito para un torneo que no hace mucho representaba la ilusión de toda una afición en sus vacaciones estivales. Pero esa es otra historia que mañana explicaré.


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lunes, 6 de febrero de 2012

Fieles a una idea.

Decía Marx, Groucho, que no Karl: «Estos son mis principios, si no le gustan, tengo estos otros». Esta simple frase representa toda una declaración de intenciones sobre la vía rápida por la que algunos optan para triunfar: la del cambio de chaqueta según los intereses, la del todo vale.

Si algo no se le puede achacar a Guardiola, a pesar de los múltiples ataques que este recibe, que lo adjetivan como hipócrita, es precisamente no hacer gala de unos principios coherentes y constantes. Es defender su modelo y su manera de entender el juego y el club hasta sus últimas consecuencias.  Y ahora, en tiempo de dificultades es cuando el técnico azulgrana se agarra a su visión de este juego y la sigue exponiendo. Representa Guardiola una fidelidad a una idea y a un estilo, una forma única e insobornable de entender el fútbol, en la que el balón es el principio y el fin de todo. Es el de Santpedor el máximo representante de un modelo, que a parte de títulos, que los da, dejará un valor que no por intangible es menos valioso: la constitución de una política de cantera, que hace de la utilización de los equipos base un objetivo. Y así, idea y objetivo se aúnan para sentar las bases de un proyecto a largo plazo que no quede supeditado a las contrataciones que el entrenador de turno traiga bajo su brazo en su período de contratación.

Recuerdo los últimos pasos de Rickjaard en el equipo. Años de autocomplacencia y de autogestión, pero años en los que surgió el denominado equipo de los pequeños. Hubo un tiempo en el que el éxito en este deporte estaba reñido con la pelota. Muchos pensaban, en aquella época, que la apuesta por hacer jugar juntos a jugadores como Xavi, Iniesta y Deco era el gran mal de aquel equipo que empezaba a perder presencia en el campo. Eran pequeños, no podían jugar juntos. Incluso había algunos que abogaban que esa concepción de centrocampistas de perfil bajo era un suicidio futbolístico.
 
Y es que ahora es fácil engancharse al carro que habla del juego de toque, de la posesión, y de la técnica como el máximo valor de un jugador. Pero no están tan lejos los años en los que este deporte se encaminaba hacia tácticas totalmente opuestas a esta forma de entender un juego. Tácticas de sacrificio físico, de lucha, de choque, en las que parecía que el balón era un objetivo secundario, que había que alejar como fuera, y sólo tenía sentido en alguna jugada a balón parado y de estrategia. Eran tiempos de jugadores altos, fuertes, con amplios desplazamientos y una férrea disciplina física y defensiva. Eran años en los que entrenadores como Pep, circulaban en sentido contrario, y veían como la mayoría de las apuestas apuntaban a otro lado.
  
Pero al final aquella idea cuajo, y llegaron al fútbol jugadores como Pedro, Silva o Mata, por no hablar de la explosión de Messi, que hicieron que este juego regresará a sus orígenes. Aquellos que cuando éramos niños y bajábamos a jugar a la calle con nuestros amigos, hacían del balón el máximo protagonista. Éramos renacuajos con un balón enganchado a los pies. El mejor era el que mejor driblaba, el que más goles metía y el que era capaz de acaparar todo el juego. Nadie quería al alto patoso que sólo quería dar patadas, nadie quería al defensa contundente, que nos colaba el balón en los balcones o tejados de las casas adyacentes al campo. Esos estorbaban, esos jugaban de portero. Ahora, ni de eso podrían jugar, ya que también a éste se le pide que sea preciso con el balón en los pies.
   
Y es fiel también Guardiola en su discurso a su gusto por la cantera A diferencia de otros técnicos, que defienden la necesidad de plantillas amplias, en la que veinticinco profesionales contrastados se doblen en la mayoría de los puestos, el técnico azulgrana defiende un modelo totalmente opuesto. En la defensa de una plantilla algo más corta, con piezas conocedoras de su sistema, e incorporaciones anuales que requieren de un cierto período de adaptación, basa su apuesta. Una apuesta que dice, que nadie como el jugador de casa para entender lo que significa este club, para entender su nivel de exigencia, y para entender una forma de juego que instaurada hace ahora veinte años, evoluciona de forma permanente, y que hace al canterazo como al producto más fiable para poder aplicarla con rapidez.

Y así, lo que se denominan en ocasiones “Guardioladas”, para mi no son tales, ya que se hace uso de estos jugadores en las ocasiones que así lo requieren. En ocasiones en las que como ahora el equipo está falto de efectivos, debido a las lesiones y fatigas de un calendario extenuante, que no olvidemos, jugamos en toda su extensión por haber conseguido todo lo posible.

Y así, día a día, un chaval de Sabadell, otro de Reus, otro de Terrassa, otro de l’Hospitalet, otro de Sant Jaume dels Domenys, se ven en la antesala del tunel de vestuarios con su nombre en la camiseta, y contemplando las espaldas y melenas de Puyol antes de saltar al campo. Chavales, que recordaran en ese momento las consignas de su entrenador, que sólo les pide aquello que mejor saben hacer, que no es otra cosa que repetir aquello que hacían en la calle que jugaban. Coger el balón, jugarlo y disfrutar del partido. Y así, junto con ellos, el equipo cada año ha de mirar menos al mercado y crece desde el interior, independiente a los vaivenes de los posibles técnicos futuros. Esperemos que una posible sequía de éxitos, no rompa esta forma de ver el club, y que imitando a Groucho, nos acojamos a otros principios bastante alejados a los actuales.

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lunes, 12 de septiembre de 2011

Un partido de dos minutos.

Después de dos semanas sin Liga, en las que se ha hablado sin parar de una competición bipolar, en la que los dos grandes no encontrarían rival en sus respectivos enfrentamientos. Se ha continuado debatiendo mucho y mal, del reparto de los derechos de televisión, como el primer paso para no ya, acabar con esa bipolaridad, sino, al menos poder acortar distancias entre los otra hora llamados “outsiders”, y ahora, convertidos en comparsas. Se ha resaltado más los posibles problemas de los internacionales blancos y azulgranas en su relación, que el propio juego de la selección que representan.. Y por último se ha ensalzado la figura del entrenador azulgrana Pep Guardiola por su distinción en el Parlament de Catalunya, y se ha debatido su discurso, que ha pasado de ser ensalzado en algunos medios a vilipendiado en otros.

Pues bien, después de esas dos semanas, el Barça se presento en Anoeta, para disputar la segunda jornada del campeonato. Jornada, que por lo visto en estos últimos años no le sienta nada bien al equipo. Recordemos que el año pasado, en esa misma fecha, el Hércules, posteriormente  descendido, “atracó” el Camp Nou, llevándose un botín de tres puntos, que dejaron atónitos, a expertos y afición.

Y nuevamente, antes del inicio del partido, al igual que pasó ante el Villarreal en la primera jornada, el misterio radicaba en saber cual era la idea de Guardiola con el once titular que saltó al terreno de juego. Y es que esta vez, las miradas no iban hacía los titulares de la formación azulgrana, sino que éstas se giraban al mirar a los ocupantes del banquillo. Iniesta, Messi, Puyol, Abidal y Villa estaban entre sus ocupantes. Y es que, en los años de Pep como entrenador, creo que nunca, se ha visto tal cantidad de efectivos de calidad, esperando la oportunidad de intervenir en un partido.

Partido, a la postre que se decidió en dos minutos. El primero de ellos, para los azulgrana, que entre el minuto diez y once de la confrontación, ya habían puesto tierra de por medio en el marcador, y parecía que habían sentenciado el choque, alejando los fantasmas del llamado “virus FIFA”, al que por fin, visto el fondo de armario de la actual plantilla, parece que el cuerpo técnico azulgrana ha puesto remedio. Fue una primera parte típica del juego azulgrana, en la que el toque y la posesión mostraban la superioridad habitual ante el rival. Ayudaba, además, la táctica del entrenador donostiarra, que con una defensa adelantada, y sin ningún tipo de presión al poseedor del balón, facilitaba que los medios azulgrana tuvieron tiempo para pensar, y enviar los pases allí donde fueran necesarios. Y ya se sabe, que si de le da tiempo a Xavi o Cesc para poder medir sus pases, éstos normalmente encuentran su objetivo.

Así discurrió la primera parte, y ya con el 0-2 instalado en el marcador, se denotaban signos de relajación en el equipo, intuyendo que éste sería un trámite más, del cual sólo había que esperar el transcurso de los minutos para finiquitarlo. Puede que a más de uno, las rayas blancas y azules de los jugadores de la Real, se le transformaran en negras y rojas, pensando ya en su próximo rival.

Pero en la segunda parte, el panorama pareció cambiar. No ya en el juego, del cual el Barcelona seguía siendo dueño, sino en la manera de interpretarlo por parte de los locales. Su línea defensiva se retrasó unos metros, y la segunda línea de cuatro centrocampistas, presionaba con más fuerza al poseedor del balón azulgrana. El balón ya no circulaba con tanta facilidad, y los cortes propiciaban alguna posibilidad de contraataque.

Y así llegó el segundo minuto del partido, éste a favor de los locales. Y es que en lo que va del minuto veintitrés al veinticuatro, los locales igualaron el marcador en dos jugadas, un tanto atípicas. El primero, demostró que si bien Busquets puede jugar de central, en los momentos que el equipo tiene el balón, no puede hacerlo en aquellos en los que se siente presionado, ya que es ahí donde se le nota la falta de automatismos y oficio en ese puesto. Con una facilidad insolente le ganaron la espalda en la jugada referida. Tampoco estuvo Valdés muy acertado en esa acción, al que se le vio algo falto de reflejos. Y sin tiempo para la recuperación anímica, Villa, que había entrado en la primera parte substituyendo a Alexis, lesionado para dos meses, se convirtió en el mejor asistente de los donostiarras, y puso un balón atrás desde su zona de ataque, habilitando a los atacantes locales, y favoreciendo un uno contra uno, que ésta vez Valdés no pudo evitar, a pesar de su buena salida.

Se le ve a Villa este inicio de temporada, algo abatido. En mi opinión, no le ha sentado nada bien la contratación de Alexis,  y la competencia en su posición. Anda por el campo con cara de pocos amigos, como enfadado con el mundo, y con un juego muy precipitado e inconstante. Esperemos que se rehaga, ya que su aportación es necesaria, y su sequía goleadora, si sumamos la racha del final de la temporada pasada y el inicio de ésta empieza a ser preocupante. Aunque como digo, no es el gol mi máxima preocupación, sino esa sensación de disgusto que arrastra, que hace que parezca un elemento extraño en el fluido juego azulgrana. No se acaba de adaptar el asturiano al juego de toque de la delantera blaugrana. Parece añorado de ese juego vertical y de contragolpe, en el que él destaca.

Siguiendo con el partido, y después del lapsus de Villa, el banquillo azulgranaMessi, y más tarde, muy tarde Iniesta. Y entre que el primero, parecía todavía arrastrar las secuelas de su largo viaje, se le vio espeso, y el segundo no tuvo apenas tiempo de entrar en juego, se escaparon dos puntos, que viendo los compases iniciales del partido nadie imaginaba que se quedarían en San Sebastián.

No es trascendente este empate, ni tampoco preocupante, ya que el campeonato apenas tiene dos semanas de vida. Esperemos que las próximas jornadas, ya con las competiciones lanzadas, y el equipo a toda máquina, hagan recordar este resultado como una anécdota y un “mal día en la oficina”.

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