La maldición del nueve

Desde que Guardiola está en el banquillo cada uno de los portadores de este mítico número han abandonado el equipo. Será capaz Aléxis de romper con esta maldición?

Cesc Fábregas. Punto Final?

Después de tres años con noticias repetitivas sobre su contratación, parece que al final este año se dan las condiciones para su vuelta

La profecía de Van Gaal

Hace un tiempo, Van Gaal, hizo una profecía, queréis saber cual es?

Mourinho, una táctica diferente

Mourinho se caracteriza por explotar al máximo el entorno que rodea la disputa de un partdo.

Cruyff, dos inicios. Una historia.

La llegada de Cruyff al Barcelona supuso una revolución, tanto en su etapa como jugador, como en la de entrenador.

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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Fútbol. Un deporte para disfrutar.


En una semana en la que el rey de los medios está siendo Mourinho y la polémica que siempre le persigue. En una semana en la que en Barcelona estamos con la calculadora en la mano esperando el gol de Messi que supere ese récord de Müller. En una semana en la que el Barça consigue el mejor arranque liguero de la historia, en la que el Málaga se confirma como el mejor debutante en la máxima competición, en la que el Manchester City, candidato al máximo galardón se confirma como el gran fiasco del año…. En una semana en la que se podría hablar de mil y un temas, la noticia que más me ha llamado la atención es la que ayer publicaba El País, y que os dejo en este enlace. Tres juveniles matan a un linier en Holanda. 

Ante tamaño disparate, no puedo dejar de preguntarme sobre que tipo de educación han recibido estos tres jóvenes, que son capaces de golpear hasta la muerte a una persona por la simple disputa de un partido de fútbol. Qué tipo de club permite que en sus filas haya jugadores que puedan llevar a término tamaño despropósito.

Yo, cómo ya sabréis tengo hijos en edad cadete y juvenil. Una, Marta, se dedica al baloncesto, y el otro; Marc está en su último año antes de finalizar su periplo formativo. La verdad es que me resulta llamativo el ambiente que muchos fines de semana veo en pabellones y campos de fútbol. Ambiente que va más allá del que ellos disputan en las canchas. Ambiente que se enrarece en mil y una discusiones allí donde debería imponerse la cordura y el sosiego: la grada.

Gradas a menudo exacerbadas ante decisiones arbitrales erróneas, ante acciones de contacto en deportes definidos precisamente así. Insultos sin sentido ante niños y niñas indefensos que su único objetivo en un mañana de sábado o tarde del domingo es pasar un buen rato y disfrutar del deporte que les gusta en compañía de sus iguales. Gradas que chillan, que presionan, que viven los partidos cómo si de la máxima de las competiciones se tratará. Árbitros que en ocasiones son niños en aprendizaje constatan desde sus primeros pasos, que su sino será siempre ser discutido. Jugadores rivales, que desde ya muy pequeñitos se acostumbran a oír desde la grada insultos por alguna acción desafortunada. Entrenadores que se ven vilipendiados, discutidos, y a veces ultrajados por una simple derrota, un mal cambio, o por simplemente no coincidir con las ideas del padre o madre de turno. ¿Es ese el deporte de formación que deseamos crear?

Recuerdo mi infancia. Una época de crisis económica. Los setenta. El fenómeno “quinqui” estaba en su máximo auge en Barcelona. La Guineueta, mi barrio. Barrio periférico, de trabajadores. Barrio donde las bandas callejeras en según que zonas creaban guetos y convertían ciertos pasajes de difícil circulación. Bandas a las que sólo podíamos acercarnos para jugar un partido de fútbol. Sólo hacía falta un espacio despejado, cuatro piedras en forma de poste, y entre diez o quince chavales dispuestos a dirimir de otra forma la supremacía del más fuerte. A galletas, tortas, hostias, mamporros siempre perderíamos nosotros. Con el balón era otra historia. Nos convertía en iguales, nos hacía compañeros, nos hacía casi amigos.

Partidos a veces duros. Suelo de gravilla en los que una rascada te dejaba marcas de por vida. Partidos de tiempo sin límite. Al mejor de veinte, con dos de ventaja. Partidos que empezaban al atardecer y que sólo la falta de luz ponía su fin. Palabrotas, patadas, caños, paredes y regales inverosímiles se juntaban en el mejor espectáculo que el barrio nos podía ofrecer. Partidos sin árbitro, sin público. La deportividad la marcaba cada uno, y el reglamento se establecía de mutuo acuerdo. Fútbol casi sin límites y sin reglas.

¿Y os podéis creer que nunca un encuentro de ese tipo acabo en pelea? Niños y adolescentes que en cualquier otra situación te atracaban sin complejos a punta de navaja., jóvenes en busca de dinero fácil que en ocasiones te perseguían en busca de las pocas pesetas que en aquel entonces podías llevar en el bolsillo, jugábamos a fútbol sin que nadie mediará, y acabamos los encuentros en franca armonía. No me libré yo de atracos por el sólo hecho de ser El Jose.., aquel que juega en la calle y ser reconocido por algunos de los cabecillas de esas bandas.

Y ahora , en un ejercicio de imaginación pongamos a esos partidos callejeros un campo de césped artificial. Pongamos también unas porterías reglamentarias, un árbitro federado y unos banquillo con entrenadores y suplentes. Pongamos también gradas en el campo. Y con nuestra imaginación llenemos esas gradas de padres, madres, abuelos, tios, tietas, y amigos. El sueño de cualquier niño de mi época!!!.

Pues mucho me temo, que de ser así, aquellos encuentros de los setenta, que acaban entre risas y con una despedida o reto para una pronta revancha, en más de una ocasión finalizarían de forma diferente.  Daros una vuelta por cualquier campo de vuestra ciudad un fin de semana cualquiera y entenderéis porqué. Y después, volver a leer la noticia inicial que aquí os dejo, y veréis que aunque parezca inverosímil, ya no lo es tanto, y que aquello que unos niños crearon para su disfrute está perdiendo su esencia y auténtico valor. 



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miércoles, 8 de febrero de 2012

Juego de niños

Hace unos días Guardiola realizó su enésima comparecencia en rueda de prensa esta temporada, y ante el alud de preguntas e interrogantes sobre la composición del once titular, que asolado por las lesiones, hace de cada alineación un rompecabezas, utilizó uno de los tópicos más antiguos de este deporte. Tópico que bautiza a este deporte como “un juego de hombres”.

Es extraño ver a Pep utilizar este término. De hecho, creo que es la primera vez que se refiere a él a lo largo de su trayectoria como técnico culé. Y es que normalmente cuando se utiliza éste, se suele hacer para disculpar en ocasiones partidos de extrema dureza, o acciones desproporcionadas que sólo los “hombres” pueden soportar. Es un término a menudo “barriobajero”, propio de aquellos campos y territorios donde la disputa de un partido pone en juego algo más que los puntos en la clasificación, y en el que cada acción se ve rodeada del peligro latente, de que esos puntos vayan a formar parte de tu estructura corporal. Es un término en definitiva, que apela por la defensa del contacto físico y la intimidación.

Nunca ha sido de mi agrado esa definición de este deporte. Y es que creo que el verdadero éxito de este deporte está en que sus integrantes, cada vez que se calzan las botas, y cada vez que se saltan a un terreno de juego, sufren una regresión y vuelven a su niñez. Una niñez repleta de anécdotas, de partidazos, de goles increíbles y de ídolos de barrio. Una niñez en la que el fútbol hacía girar la mayor parte de nuestro horario festivo.

Recuerdo como en las vacaciones estivales, a las 11 de la mañana ya estaba mirando el reloj para bajar a la calle a jugar mi partido. Mi madre, que para eso era muy estricta, no me dejaba salir de casa hasta que el reloj marcará esa hora. Salir antes era de “callejeros”. Hasta esa hora, mi cara se pegaba al cristal viendo como mis amigos, los “callejeros”, ya empezaban a jugar el primer partido del día.

Un, dos, tres…, piedra papel y tijera…. Un dos, tres…, Y así se hacían las alineaciones. El orgullo y el objetivo de todos era ser el primero en elegir. El mejor, el que todos querían. Y así, una vez compuestos los equipos, cada uno se situaba en el campo en la posición que mejor se desenvolvía. No hacía falta entrenador, no hacían falta órdenes. El partido estaba a punto de empezar y la bola a rodar. Cemento, tierra, grava, cualquier terreno era válido. Botas, bambas, zapatos, cualquier calzado era permitido. Cuero, plástico, cualquier balón era usable. Y así, durante tres horas…, partidos con resultados escalofriantes, y marcadores que superaban la veintena. Partidos igualados si los del “piedra, papel y tijera”, habían hecho bien su trabajo y las estrellas habían quedado repartidas. Partidos de niños, en los que la derrota, cuando llegaba la hora de comer, nos hacía subir a casa con ganas de que llegara la tarde y resarcirnos.

Pero por la tarde, el partido era de Champions. Y no todos lo podíamos jugar. Sólo los mejores estaban citados. Sólo los que habían hecho méritos en esas innumerables horas de calle estaban convocados. Partido contra el barrio de al lado. Partido en su calle, a domicilio. Partido a las cinco de la tarde, ya se sabe, mi madre…, bajar antes era de “callejeros”. Partido con camisetas, todos iguales, todos del Barça. Yo era el 6, Neeskens!!!!
 
Y así, en un campo mucho más grande que el nuestro, los “buenos” salíamos al campo a demostrarles a nuestros vecinos, más altos, más grandes, y “más hombres”, que los mejores de la zona éramos nosotros. Y lo éramos, no había color. Todos pequeños, muy pequeños (ahora el más alto debe andar por el 1,74). Tic, tac, todos juntitos. Nuestro campo era minúsculo y sólo con toque y regate podías superar el mar de piernas que se cruzaban en tu camino a la portería. Tic, tac, toque, pase, control. Tic, tac, y gol!!!!!!.  Hasta la cocina entrábamos. Tocando y tocando. Estaba prohibido chutar de lejos. Los cristales de las casas anexas lo agradecían. Y así, después de cuatro horas, y cuando el sol empezaba a decaer se ponía punto final al duelo. Otra vez ganábamos, otra vez dejábamos a los “hombres” con las ganas de darnos un “meneó”. Y otra vez tenía que irme yo para casa. Mi madre, a las nueve me quería ver allí. Qué debían hacer mis amigos después de las nueve en la calle?  No había luz para seguir jugando!

Por eso cuando se habla de juego de hombres, yo me acuerdo de esos del barrio de arriba, que nos insultaban, nos intimidaban, y a veces nos soltaban patadas, que ríete ahora de las de Pepe. Y nosotros, los enanos, los niñatos, volvíamos a casa con las rodillas muchas veces llenas de sangre, con la cara negra del sudor, pero habiendo demostrado que el verdadero juego es otro.

Y creo que ayer Guardiola, regresando a su niñez, y pensando en sus partidos, seguro que pensaba lo mismo. Juego de hombres, partido de niños, en el que sus bajitos jugadores intentarán demostrar que un nuevo título es posible. La duodécima final de una historia que parece no tener fin.


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