Se ponía el Barça en marcha en su
deseo de reencontrarse con Wembley,
un día después de que lo hiciera su máximo rival. Y el regreso a la competición,
que parecía fácil y tranquilo empezó con sobresaltos, y a más de uno le dejó
con un pequeño susto en el cuerpo. Y es que sentado frente al televisor, con el
reloj acercándose al minuto 93, y un córner a favor de los rivales, la imagen de
Thiago Silva de la temporada pasada,
rematando una ocasión idéntica a escasos segundos del final se repitió en mi
cabeza.
No había empezado el partido bien para los azulgrana, con la lesión de Piqué, que deja huérfana la defensa de
sus más emblemáticas piezas para las próximas dos o tres semanas. Su sustituto,
Song, que hasta el momento ha
ofrecido buenas prestaciones en el medio centro, no pareció desenvolverse muy
bien en esa posición. Lento, y con muchos metros a su espalda, las pasaba
canutas en cada contra lanzada por el equipo ruso. Y mi cabeza, que ayer le
daba por imaginar y recordar, veía el partido del próximo clásico, y al camerunés
en ese puesto, y casi me daban ganas de desactivar el cerebro, imaginando el
daño que por ahí pueden hacer las vertiginosas contras de los blancos. Tal vez Bartra, con menos experiencia, pero más
velocidad sea la apuesta más factible para un puesto que durante el próximo mes
ha quedado cojo. Será cuestión de observar cual es la configuración defensiva
catalana estas dos próximas semanas.
Susto por un autogol. El primero de Alves
en su carrera, que puso a los rusos en el partido, y que les permitió acabar la
primera parte con empate a un gol sin haber tirado a puerta.
Y susto en la reanudación, con una nueva contra rusa que obligaba a
remontar. Ya teníamos dibujado un escenario parecido al que los blancos se
encontraron en el día anterior, pero con más de media hora por delante para
ejecutar el plan de la remontada.
Para ello, el Barça necesitó
aumentar las revoluciones del partido, y aplicar a su juego típico de toque y
posesión, el arma del juego individual. Se había visto durante el partido, que
atacar la defensa rival no era tarea fácil, y que el deambular de la pelota de
banda a banda a una velocidad mínima, no era un arma efectiva con la que desbordarla.
Para ello, se recuperó la idea que Guardiola
aplicó en el curso pasado, y el 3-4-3 pasó a dibujarse en el campo. Y poco a
poco, el equipo azulgrana, fue presentando en el campo a todos sus artilleros.
Ahora Aléxis, ahora Villa. Y poco a poco, las revoluciones
del juego aumentaban y el cerco al área rival se intensificaba.
Y aún sin desplegar un juego y ritmo vertiginoso, la remontada fue un
hecho. Claro que todo es más fácil si en tus filas milita un genio llamado Messi. Un genio que convierte en gol
todo lo que toca, y que necesita muy poco, apenas nada, para aumentar sus
estratosféricos registros partido a partido. Sólo hace repasar el vídeo del
partido de ayer, y comprobar que las prestaciones del argentino fueron casi mínimas.
No hubo regates, no hubo fintas, no hubo combinaciones, apenas intervino en el
juego maniatado por los defensas visitantes. Pero enganchó dos pelotas en el área,
y éstas acabaron en gol. Es curioso observar los goles del diez azulgrana esta
temporada. Todavía no se le ve fresco, todavía adolece de esa chispa de
velocidad que lo hace único, pero aún y así, sus números superan los de
cualquier año a base de goles al primer toque. Un desmarque, un toque y un gol.
Se está reconvirtiendo Messi en un
delantero centro nato, que hasta es capaz de solventar partidos rematando de cabeza
un centro a la olla.
Y una vez hecho el trabajo, se constató el respeto que se le tiene a este
equipo. Con tres a dos en el marcador y más de cinco minutos por jugar, el Barça congeló el balón, y los visitantes
seguían agazapados en su área a la espera ves a saber de que. Diez siluetas
rojas continuaban dibujando dos líneas paralelas frente a su portería, y
contemplaban como los azulgrana volvían a mover el balón con autoridad. Da la
sensación que nadie se atreve a salir a buscarlos, sabiendo que espacios
abiertos de más de un metro suponen una autopista para la técnica de los culés.
Y aún así, y de rebote, llegó ese corner final. Y mi recuerdo. Cerré los ojos…
y escuche el pitido final. Un final que marcó un inicio de periplo europeo con más
sobresaltos de los deseados, y la constatación de que Messi parece tocado por la varita de los dioses.
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