El Chelsea se proclamó este
pasado fin de semana campeón de la Champions
de forma sorprendente. No ya por la forma con la que logró hacerse con la
final, sino por la trayectoria que posibilitó que los londinenses llegaran a
visitar la capital alemana.
Ha sido como un cuento de hadas, o más bien de brujas el paso de los “blue”
por el torneo. Parecía que estuviera escrito de antemano quien iba a ser el
ganador del trofeo. Parecía que la historia de este deporte no quería dejar de
asociar el nombre del más prestigioso torneo, a una generación de jugadores que
se lo merece. Los Cech, Terry, Essien,
Lampard y Drogba no merecían finalizar sus carreras sin el prestigio de
haberse coronado campeones.
Y es que repasando la trayectoria del equipo a lo largo de esta edición
podemos ver que, al igual que los caballeros andantes de la Edad Media se
encomendaban a sus santos patrones a la hora de lanzarse a la batalla, los
guerreros de azul parecían llevados en volandas por una aureola protectora que
los ha convertido en imbatibles.
Sólo hace falta recordar como ha sido el transito de los ingleses por la
competición. Con un pie fuera de ella a poco de finalizar los cuartos de final,
eliminaron al Nápoles con varios zarpazos
en forma de centros y balonazos al área al más puro estilo de las islas. Con un
pie y tres cuartos del otro fuera de la competición lograron doblegar a los
azulgrana, que haciendo gala de ese otro fútbol que les ha llevado a lo más
alto, no pudieron someter a un once inglés parapetado ante su portero. Una
defensa numantina que gozó además de la protección de no se sabe muy bien que
ni quien, y que hizo que los considerados mejores jugadores del mundo fallaran
lo que no estaba escrito. Todavía hoy repaso el partido de Stamford Bridge y me
parece un milagro que aquellos noventa minutos acabaran con un rosco en el
casillero de los azulgranas. Con un pie y los cuatro dedos del otro fuera de la
competición se encontraban nuevamente los de Di Matteo cuando Müller
batió a siete minutos del final al gigante checo que salvaguardaba el último reducto
de la defensa. Parecía que el final de la historia estaba escrito, y que
nuevamente ésta iba a ser trágica para los ingleses. Pero un marfileño estaba a
la espera de un balón lanzado desde la esquina…..
Desde que soy pequeño recuerdo como se celebran los saques de esquina en
los campos ingleses. Parece que un corner
allí es penalty. Y lo que en otros lugares es un mero trámite que se lanza
casi de forma automática, en la Premier es una de las posibilidades más claras
de conseguir el preciado gol. Y así a tres minutos del final, en el único
lanzamiento del que dispusieron, un balón salió volando del banderín a la
izquierda de Neuer, y antes de que nadie pudiera siquiera saltar a por él, la
estampa imponente de Drogba fusiló
al gigantesco portero alemán. Y en ese momento a mi me dio la sensación de que
el Chelsea no sólo había ganado el
partido. Se había coronado campeón.
La prórroga y los lanzamientos de los once metros eran un trámite que había
que cubrir. En ese período de tiempo, Robben,
al igual que lo pudo hacer Messi en
el Camp Nou, malogró un penalty. Un penalty para la sentencia, un penalty para
la ejecución definitiva. Y nuevamente el balón no entró, y nuevamente los
ingleses recuperaron el aire.
Y repitiendo su puesta en escena preferida se parapetaron en defensa con
todos los jugadores en la frontal del área. A los culés aquello nos devolvía a
las secuencias vividas hace menos de un mes, y sabíamos que aquello era
infranqueable. Ya no sólo por la calidad por la que lo hacen, sino por la
protección casi sobrenatural que hacía que fuera imposible traspasar el límite
de los tres palos defendidos por Cech. Y
así, como en aquella final en la que Terry
malogró su pasaporte hacia la gloria, de nuevo el equipo inglés estaba a once
metros de proclamarse campeón.
¿Y alguien dudaba de que esto fuera así? Yo no. Ni por un momento dudé de
la victoria de los de Londres. Hasta
visto por televisión me parecía que la imagen del portero checo estaba
aumentada. Parecía haber crecido y los huecos a sus lados eran ínfimos. Y eso
mismo les debió pasar a los dos últimos lanzadores alemanes, que desperdiciaron
la posibilidad de sentencia, quedando ésta a los pies de…. Drogba!!!!!!
¿Y alguien dudaba de que el último lanzamiento fuera a ser gol? Yo no. Casi
sin carrerilla. Sólo dos pasos para golpear el balón. Y con la seguridad del
que se sabe tocado por una varita mágica ejecutó un lanzamiento perfecto ante Neuer. Y así la historia se cobró su
deuda. Y por fin el Chelsea consiguió su más preciado trofeo.
Y ahora, una vez las hadas, las brujas, la suerte y la historia se han
congraciado con esta generación de grandes jugadores, por favor, volvamos a la cotidianidad,
y regresemos a ese escenario que dice que al fútbol se gana jugando de una
forma diferente. Sellemos la paz con el destino y regresemos al triunfo de los
mejores. Wembley 2013 espera a dos
nuevos finalistas. Y para los culés el nombre de Wembley….. es sinónimo de gloria.
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