La maldición del nueve

Desde que Guardiola está en el banquillo cada uno de los portadores de este mítico número han abandonado el equipo. Será capaz Aléxis de romper con esta maldición?

Cesc Fábregas. Punto Final?

Después de tres años con noticias repetitivas sobre su contratación, parece que al final este año se dan las condiciones para su vuelta

La profecía de Van Gaal

Hace un tiempo, Van Gaal, hizo una profecía, queréis saber cual es?

Mourinho, una táctica diferente

Mourinho se caracteriza por explotar al máximo el entorno que rodea la disputa de un partdo.

Cruyff, dos inicios. Una historia.

La llegada de Cruyff al Barcelona supuso una revolución, tanto en su etapa como jugador, como en la de entrenador.

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lunes, 21 de mayo de 2012

Un equipo y un destino.


El Chelsea se proclamó este pasado fin de semana campeón de la Champions de forma sorprendente. No ya por la forma con la que logró hacerse con la final, sino por la trayectoria que posibilitó que los londinenses llegaran a visitar la capital alemana.

Ha sido como un cuento de hadas, o más bien de brujas el paso de los “blue” por el torneo. Parecía que estuviera escrito de antemano quien iba a ser el ganador del trofeo. Parecía que la historia de este deporte no quería dejar de asociar el nombre del más prestigioso torneo, a una generación de jugadores que se lo merece. Los Cech, Terry, Essien, Lampard y Drogba no merecían finalizar sus carreras sin el prestigio de haberse coronado campeones.

Y es que repasando la trayectoria del equipo a lo largo de esta edición podemos ver que, al igual que los caballeros andantes de la Edad Media se encomendaban a sus santos patrones a la hora de lanzarse a la batalla, los guerreros de azul parecían llevados en volandas por una aureola protectora que los ha convertido en imbatibles.

Sólo hace falta recordar como ha sido el transito de los ingleses por la competición. Con un pie fuera de ella a poco de finalizar los cuartos de final, eliminaron al Nápoles con varios zarpazos en forma de centros y balonazos al área al más puro estilo de las islas. Con un pie y tres cuartos del otro fuera de la competición lograron doblegar a los azulgrana, que haciendo gala de ese otro fútbol que les ha llevado a lo más alto, no pudieron someter a un once inglés parapetado ante su portero. Una defensa numantina que gozó además de la protección de no se sabe muy bien que ni quien, y que hizo que los considerados mejores jugadores del mundo fallaran lo que no estaba escrito. Todavía hoy repaso el partido de Stamford Bridge y me parece un milagro que aquellos noventa minutos acabaran con un rosco en el casillero de los azulgranas. Con un pie y los cuatro dedos del otro fuera de la competición se encontraban nuevamente los de Di Matteo cuando Müller batió a siete minutos del final al gigante checo que salvaguardaba el último reducto de la defensa. Parecía que el final de la historia estaba escrito, y que nuevamente ésta iba a ser trágica para los ingleses. Pero un marfileño estaba a la espera de un balón lanzado desde la esquina…..

Desde que soy pequeño recuerdo como se celebran los saques de esquina en los campos ingleses. Parece que un corner allí es penalty. Y lo que en otros lugares es un mero trámite que se lanza casi de forma automática, en la Premier es una de las posibilidades más claras de conseguir el preciado gol. Y así a tres minutos del final, en el único lanzamiento del que dispusieron, un balón salió volando del banderín a la izquierda de Neuer, y antes de que nadie pudiera siquiera saltar a por él, la estampa imponente de Drogba fusiló al gigantesco portero alemán. Y en ese momento a mi me dio la sensación de que el Chelsea no sólo había ganado el partido. Se había coronado campeón.

La prórroga y los lanzamientos de los once metros eran un trámite que había que cubrir. En ese período de tiempo, Robben, al igual que lo pudo hacer Messi en el Camp Nou, malogró un penalty. Un penalty para la sentencia, un penalty para la ejecución definitiva. Y nuevamente el balón no entró, y nuevamente los ingleses recuperaron el aire.

Y repitiendo su puesta en escena preferida se parapetaron en defensa con todos los jugadores en la frontal del área. A los culés aquello nos devolvía a las secuencias vividas hace menos de un mes, y sabíamos que aquello era infranqueable. Ya no sólo por la calidad por la que lo hacen, sino por la protección casi sobrenatural que hacía que fuera imposible traspasar el límite de los tres palos defendidos por Cech. Y así, como en aquella final en la que Terry malogró su pasaporte hacia la gloria, de nuevo el equipo inglés estaba a once metros de proclamarse campeón.

¿Y alguien dudaba de que esto fuera así? Yo no. Ni por un momento dudé de la victoria de los de Londres. Hasta visto por televisión me parecía que la imagen del portero checo estaba aumentada. Parecía haber crecido y los huecos a sus lados eran ínfimos. Y eso mismo les debió pasar a los dos últimos lanzadores alemanes, que desperdiciaron la posibilidad de sentencia, quedando ésta a los pies de…. Drogba!!!!!!

¿Y alguien dudaba de que el último lanzamiento fuera a ser gol? Yo no. Casi sin carrerilla. Sólo dos pasos para golpear el balón. Y con la seguridad del que se sabe tocado por una varita mágica ejecutó un lanzamiento perfecto ante Neuer. Y así la historia se cobró su deuda. Y por fin el Chelsea consiguió su más preciado trofeo.

Y ahora, una vez las hadas, las brujas, la suerte y la historia se han congraciado con esta generación de grandes jugadores, por favor, volvamos a la cotidianidad, y regresemos a ese escenario que dice que al fútbol se gana jugando de una forma diferente. Sellemos la paz con el destino y regresemos al triunfo de los mejores. Wembley 2013 espera a dos nuevos finalistas. Y para los culés el nombre de Wembley….. es sinónimo de gloria.



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martes, 24 de abril de 2012

La historia se cobró su deuda.


Después de ver el partido, y después de ciento ochenta minutos de juego, casi me parece surrealista encontrarme ante un folio en blanco y tener que explicar los porqués de la eliminación de los azulgrana.

En una eliminatoria casi esperpéntica, me encuentro casi sin palabras para comentar lo sucedido. Podría hablar de estadísticas, y refugiarme en los números. Números que dicen que en ciento ochenta minutos de juego el Barça ha disparado a puerta en treinta y ocho ocasiones por tres de su rival. Podría hablar de ocasiones, que dicen que mi equipo ha tenido más de diez oportunidades muy claras de gol, por tres de su rival. Podría hablar de posesión, y comentar que ésta se ha repartido de forma desigual y casi apabullante a favor de los Messi y compañía.

Podría hablar de tantas cosas, y en cambio el folio en blanco me sigue dejando vacío y sin casi ideas que transmitir. No entiendo lo que ha pasado. No entiendo el desenlace de la eliminatoria. He visto un equipo infinitamente superior a otro. He visto a un equipo que ha dominado el juego hasta la extenuación. Un equipo que ha hecho del balón su máximo aliado. Un equipo que ha intentando de todas las formas posibles conseguir la clasificación. Un equipo que ha luchado por su objetivo.

Y el resultado final me ha dejado helado. Sin palabras. Sin capacidad de reacción. Sin capacidad de transmitir. Una decepción mayúscula me invade y sólo los años y la madurez de quien ya peina canas me impide llorar. Y es que después de ver y repasar, de observar y analizar, no acabo de entender que hago ante este folio en blanco explicando un sin sentido. Me acuerdo de mi niñez, y de aquella Liga de Uddo Latek perdida. Me acuerdo de tiempos pasados en los que la gloria nos estaba vetada. Me acuerdo de Quini y su secuestro. De Maradona y su lesión. De Schuster y Goicoechea. Del Metz, del Steaua, y hasta del Benfica y de su malditos postes. Me acuerdo de una época en la que la suerte y el azar siempre estaba en manos de otros.

Y a la vez, me acuerdo de Wembley. Recuerdo las Ligas de Tenerife. El penalty de Dukyc, y me viene a la cabeza el Iniestazo. Parecía que la suerte había cambiado, y que aquello que hasta entonces nos era tan esquivo, ahora nos sonreía. Pero no, la alegría no puede ser eterna, y el momento de pasar por caja le ha llegado a la afición culé.

Y es que parece que la historia se ha querido cobrar una deuda. Una deuda que dice que en muchas ocasiones el azar nos ha sido propicio, y que es hora de pagar por ello. Un azar que nos ha dado la espada, y que conjurándose ha decidido devolvernos golpe a golpe todas las alegrías que en un momento no dio.

No encuentro explicación a lo ocurrido. Sólo me vienen a la cabeza insultos y palabras malsonantes. A medida que transcurrían los minutos mi estado de ánimo pasaba de la esperanza al desasosiego. De la alegría a la angustia. De la ilusión a la decepción. Ni con el dos a cero he conseguido tranquilizarme. Algo me decía que esta eliminatoria tenía algo mágico a favor de los ingleses.

La tensión llegaba al máximo. Incapaz de ver el penalty ejecutado por nuestro diez. En cuclillas en el pasillo. De espalda a la televisión. Ansioso de escuchar gol. Gol que se fue al limbo. Gol que nunca llego.

Sentado al borde el sofá. Sentado en el suelo. A un palmo de la televisión. Minuto sesenta. No ocurre nada. Minuto setenta. No ocurre nada. Minuto ochenta. Otro poste. Y van..... Ya he perdido la cuenta. Minuto noventa, y el balón sigue en las bandas. Minutos de descuento, y Torres, siempre él, se escapa sólo hacia Valdés, y sé que va a ser gol. Es Torres, nueve goles le contemplan. Es nuestro verdugo habitual. Es la sentencia.
Y enfrente Valdés. Un portero que ha perdido su magia. Un guardameta solo ante el peligro. Y se acaba. Llega el final. El final de un sueño que empezó en Agosto. Un sueño del que no queríamos despertar.

Acaba el partido. “Me cago en la puta”.... “Mierda de deporte”........

Vuelven las imágenes del pasado. Lacatus, Urbano, Goicoechea, el secuestro de Quini, Tamudo... Qué bonito era cuando todo iba de cara. Qué bonito es todo cuando se gana. ¿Porqué nos tienen que pasar estas cosas?

Y escucho los gritos en el campo, y me animo. La afición responde a la desgracia. Se comporta como nunca antes lo había hecho. Y recibo un sms. Un sms que dice lo siguiente “Tornarem a patir, tornarem a lluitar i tornarem a vèncer (Volveremos a sufrir, volveremos a luchar, volveremos a vencer)". Eso es el fútbol, eso es el deporte. Eso es el Barça. Força Barça.


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miércoles, 18 de abril de 2012

Atrapados en un sueño

Hoy regresa el Barcelona a su particular “teatro de los sueños”. Al escenario en el que desde que en aquel fantástico e histórico minuto noventa, Iniesta conectó su disparo más importante desde que viste de azulgrana. El “Iniestazo” dio a luz, y a partir de aquí, los culés y el equipo vivimos instalados en un sueño del que no deseamos despertar.

En un arranque de nostalgia, y cual abuelete Cebolleta (los más veteranos me entenderán), recuerdo como si fuera ayer ese partido. Recuerdo que mi hijo y yo, acompañados de una amiga periquita, a la que intentamos unir a la causa sin éxito, quedamos para ver el encuentro en un pequeño bar. La estancia se encontraba abarrotada, y apenas había espacio por el que circular. Ambiente de gala, en una temporada que todos intuíamos histórica. Ambiente de confianza propiciado por la euforia de una campaña que se intuía gloriosa. Ambiente de “Copa, Lliga y Champions”, como nos recordaba machaconamente la particular versión del tema de Queen , "We will rock you", que tan acertadamente los guionistas de Crackovia supieron adaptar.

Y llegó Essien, y su certero disparo a la escuadra. Fue un partido extraño, con polémica, sin apenas control. Parecía que el segundo gol blue no tardaría en llegar. El ambiente del local decaía y poco a poco el silencio se adueñaba de la situación. El Barça, después de la expulsión de Abidal, parecía incapaz de generar peligro. Nervios, críticas, ánimos y demás expresiones se escapaban de cada una de las mesas.

Mi hijo no paraba quieto en la silla. Parecía a punto de reventar en los últimos cinco minutos. No aguantaba la tensión. Quería otra final, y lanzaba improperios hacia los jugadores a cada pérdida de balón. Yo por mi parte he de reconocer que viví aquel partido tranquilo, casi más como un espectador neutral que como un verdadero forofo. Y es que en ese primer año de Pep en el banquillo disfruté como nunca. El juego azulgrana me impresionó. El toque y la presión conjunta me hizó ver un fútbol que hasta entonces no había visto. Habíamos ganado casi todo, y el llegar a disputar todos los títulos, era para mí, la constatación de una gran temporada. La Champions, ese perenne sueño culé, era la guinda de un gran año.

Y supongo, que en mi subconsciente pensaba que nada pasaba si se quedaba eliminado. Seguro que tendríamos más oportunidades, y que acceder a todos los títulos en una temporada es casi utòpico. Y en eso, que llegó el momento cumbre del partido, el momento del centro del Alves, de la pifia de Eto’o en el control, de la de Essien en el despeje, el del balón que medio sin querer le llega a Messi, el pase de éste a Iniesta, y…….., la vorágine.

No me levante de la silla, alce los brazos, grité gol con todas mis fuerzas, y me quedé asustado de lo que vi. Cincuenta personas de pie, chillando, bailando, abrazadas. Mi hijo, que por aquel entonces rondaba los trece añitos había desaparecido de su silla. Estaba de pie encima de una mesa, sí, una mesa, gritando como un poseso, y botando. Las imágenes de la televisión, las carreras de Guardiola, los abrazos de los jugadores se entremezclaban con los besos, abrazos y saltos de cada uno de los allí presentes.

Yo seguía sentado en mi silla, observando e intentando ver el tiempo que faltaba para acabar el partido. Estábamos en el descuento. Y en aquel momento, toda la calma con la que había observado el partido, desapareció. Ahora que estaba tan cerca no se podía perder, ahora estábamos a un pasito de aspirar a un triplete nunca visto en nuestra historia. En ese momento mis nervios explotaron, y fui incapaz de seguir en el local. Me levanté y salí a la calle a respirar. Tres minutos por favor, tres minutos!!!.. Veía desde allí, el balcón de casa de mis padres y como la luz de la televisión alumbraba tenuemente a mi padre reflejando su silueta en los cristales. Y así vi como acababa el partido. La sombra de mi padre se levantó con los brazos en alto, y el griterío del bar me hizo llegar de forma clara el simbólico pitido final de un pitido arbitral que por supuesto no escuché.

En el camino de regreso a casa, en los cinco minutos a pie que dura el trayecto, la calle se hizo azulgrana. Los coches pitaban, la gente paseaba con sus bufandas en grupos con una sonrisa casi bobalicona en la boca. En algunos balcones las bocinas sonaban, y los petardos que indican que un sonado triunfo ha llegado empezaban a explotar. Mi hijo y yo paseábamos con la misma cara de bobos, supongo, que veíamos con aquellos que nos cruzábamos. Él estaba extasiado, y yo sólo hacía que recordarle que aquello no era normal. Qué lo disfrutará al máximo, ya que nunca hasta entonces habíamos vivido una situación parecida.

Ahora, tres temporadas más tarde, aquellos jugadores parecen empeñados en no darme la razón, y nos han dado ya la friolera de trece títulos. Trece títulos en una constante catarata de éxitos que parece no tener fin. Cuatro temporadas en las que el triunfo es una constante. Cuatro temporadas de juego brillante. Cuatro temporadas de juego, goles, copas, récords. Cuatro temporadas en las que el sueño de aquella noche sigue vigente.

Hoy toca nuevo partido en Stanford Bridge. Una nueva oportunidad para seguir soñado.
  
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lunes, 16 de abril de 2012

Semana de pasión


Superada ya hace unos días la Semana Santa, el calendario ofrece una semana cargada de emotividad e incertidumbre. Una semana que se inicia con la visita a Stantford Bridge para la disputa de la enésima semifinal de Champions ante el Chelsea. Semifinal que conmemora el cuarto aniversario de uno de los momentos culminantes de este equipo de leyenda. El aniversario del “Iniestazo”, que para muchos significa el inicio del gran sueño en el que se encuentra atrapado el barcelonismo.

Una semana, que finaliza con el clásico, y con la posibilidad de recortar a un punto las diferencias entre dos equipos, el blaugrana y el merengue, que hace muy pocas fechas tenían una distancia para muchos insalvable. Una semana que puede poner al equipo en la rampa de lanzamiento para la consecución de dos nuevos títulos a añadir a un palmarés estratosférico, o por el contrario, finiquitar sus aspiraciones a ello.

Y me gustaría reflexionar sobre este hecho. Estamos ante dos equipos de alto nivel. Los ingleses, después de la destitución de Villas Boas encadenan una racha con once partidos invictos, culminada ayer con una exhibición ante el Tottenham, al que apabullaron en las semifinales de la Cup con un contundente cinco a uno. Un equipo que ha recuperado su autoestima y en la que su vieja guardia constituida por los Terry, Lampard, Cesch y Drogba, ve en esta semifinal su oportunidad de reivindicarse y la última posibilidad de acceder a un título que les está vetado. Entre polémicas y situaciones inverosímiles, como la del penalty decisivo enviado a las nubes por Terry en aquella tanda fatídica ante el Manchester, da la sensación que esta competición le debe un título a este equipo. Esperemos que no se de el caso en esta semifinal

Y por otro lado, el Real Madrid, que llegará al Camp Nou con todas las luces de alarma encendida y con la oportunidad de poner fin a la dictadura que los azulgrana han ejercido durante tres años en la Liga BBVA. Un clásico en el que la no derrota de los blancos casi les hará acreedores de la competición, y en el que los catalanes sólo pueden optar a un resultado que les permita seguir soñando; la victoria. Y todo ello, ante un equipo, que este año, ha puesto sus miras en este objetivo como prioritario. Ante un equipo con mucho menor desgaste que el culé. Pero también ante un equipo, que parece que llega al partido decisivo instalado en un estado de nervios excesivo para encarar choques de este nivel, y que se tensiona en exceso ante partidos con resultado incierto. En el dominio inicial del marcador estará la clave del partido.

Y ante estos dos rivales, el equipo azulgrana se juega gran parte de sus éxitos de esta temporada. Una temporada marcada por un inicio demoledor en la que el equipo se hizo con todos los títulos menores. Una temporada marcada por un invierno titubeante en la que parecía que las fuerzas abandonaban al once culé, permitiendo a su máximo rival alcanzar una renta de puntos que parecía definitiva. Una temporada en el que la llegada de la primavera ha hecho florecer nuevamente la magia, y ha supuesto que a poco más de diez partidos para el final de todas las competiciones, el equipo siga vivo, pero que muy vivo en todas ellas.

Y ese es el verdadero éxito de este conjunto. Llegar a este punto del año con las posibilidades intactas. No hay equipo en Europa que puede compararse a los azulgranas. No lo hay en Inglaterra, donde los equipos de Manchester únicamente se disputan la Premier. No lo hay en Alemania, donde las posibilidades de título han quedado repartidas, y no hay ni posibilidades de doblete. No la hay en Italia, ya que ningún representante del antiguo poderoso “calcio” defiende su status ya en Europa. No lo hay en Francia, ni en Holanda ni en Grecia… No existe ahora mismo equipo que tenga en mano realizar “la temporada perfecta”.

Qué lejos quedan aquellos años en los que los aficionados culés llegábamos a estas fechas con las miras en un próximo año. Qué lejos quedan aquellas fechas en las que abril y mayo se tornaban intrascendentes, y los periódicos copaban sus portadas con fotos y nombres de posibles incorporaciones para la próxima temporada. Eran los años del “aquest any si (este año sí)”, que finalizaban con un lacónico “aquest any tampoc, (este año tampoco). Eran los años de la “gran depresión culé”.

Por eso, me gustaría valorar este hecho como único, y hacer ver, que tanto en el caso de victoria como de derrota, el equipo habrá realizado una temporada excepcional. Los títulos marcarán el adjetivo final, y el número de galardones elevará los epítetos a la expresión que se merezca. Lo que ya está claro, es que hoy por hoy, visto lo que este equipo ofrece, y vistas las expectativas de éxito que cada año nos da, ser aficionado azulgrana, no tiene precio.
  
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