La maldición del nueve

Desde que Guardiola está en el banquillo cada uno de los portadores de este mítico número han abandonado el equipo. Será capaz Aléxis de romper con esta maldición?

Cesc Fábregas. Punto Final?

Después de tres años con noticias repetitivas sobre su contratación, parece que al final este año se dan las condiciones para su vuelta

La profecía de Van Gaal

Hace un tiempo, Van Gaal, hizo una profecía, queréis saber cual es?

Mourinho, una táctica diferente

Mourinho se caracteriza por explotar al máximo el entorno que rodea la disputa de un partdo.

Cruyff, dos inicios. Una historia.

La llegada de Cruyff al Barcelona supuso una revolución, tanto en su etapa como jugador, como en la de entrenador.

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martes, 29 de enero de 2013

La espada de Damocles

Damocles era un cortesano en el palacio de Dionisio II, el rey que gobernaba Siracusa en el siglo IV a.C. Como muchos otros miembros de la corte, Damocles halagaba constantemente al rey, con la esperanza de que éste le diera una posición de más poder en la corte. Dionisio, el rey, ante la presión recibida no dudó en ofrecerle un trato. Por un día Damocles sería rey.

Así, en su felicidad, y dueño de todo el poder que atesoraba, cual fue su sorpresa, cuando al final de ese día, Damocles alzó la vista, para observar una pesada espada desnuda que pendía del techo apuntando a su cabeza, y sujetada únicamente por una crin de caballo. Presa del pánico Damocles abandonó su puesto e interpeló al rey sobre el porqué de esa espada. Dionisio, le explicó que la espada sobre su cabeza representaba lo que realmente es el poder. Desde la distancia, el poder es una cosa deseada por muchos por ser una situación de privilegio, en la que al estar por encima de los demás te sientes único. Pero cuando uno se acerca a esa situación de poder, puede observar sin problemas el peligro que ostenta esa posición.

Al descubrir los detalles de esta leyenda, no me ha sido complicado establecer similitudes y paralelismos entre estos personajes históricos y algunos de los protagonistas de este próximo clásico.

Por un lado está Mourinho, que protagonista de la leyenda, ha conseguido un poder único en el reino blanco. Un poder único que le hace centro de atención. Centro de atención para las loas y las críticas. Situación de privilegio, buscada por él desde su llegada, que ahora, en momento de tensión e incertidumbre, le convierte en la principal diana de ataque de sus enemigos.

En frente suyo, Florentino Pérez, que cual rey, ha consentido en delegar ese papel en su principal súbdito. Ha asumido un segundo plano en el escalafón de poder, dejando que las llaves del reino y las más importantes decisiones llegaran desde su temporal substituto.

Y por fin, la espada, esa que cuelga inerte del techo, con un pequeño hilo que la aguanta. Una espada que de caer cercenaría las aspiraciones de aquel que se cree único. Una espada de color azulgrana, que tiene la posibilidad de poner fin a un reinado convulso, enviando al destierro al hasta ahora orgulloso nuevo rey.

Y es que pocas veces tendrán los azulgrana la oportunidad de hacer verdadero daño, deportivamente hablando, cómo en esta eliminatoria de Copa del Rey. A quince puntos en Liga,   la Copa se convierte en una de las principales prioridades blancas, a la espera de la ansiada Décima. Una Décima, que este año, la suerte parece querer decir a los blancos, que de conseguirla lo deberán hacer batiendo a las principales huestes del continente. No ha habido en estos últimos años tantos rivales de renombre cómo los que hasta ahora han tenido que ir sorteando los de La Castellana.

Por eso, este miércoles, Mourinho se juega gran parte del crédito que todavía tiene. Con una defensa desmantelada y una portería inexperta, el portugués se verá obligado a salir a jugar con aquellas piezas que en su día, por una u otra razón han sido parte polémica del proyecto que regenta. Un novel Adán, un  Essien ya de vuelta, un Varane en sus primeros escarceos de verdadero nivel, un ausente y casi vilipendiado Albiol, y un renqueante Marcelo, serán la representación real de ese ficticio pelo de crin de caballo, que ha de aguantar las embestidas de la pesada espada que el miércoles colgará con todas sus fuerzas del techo de la noche madrileña.

¿Aguantará? ¿O dejará caer el pesado metal empujado por la fuerza de una delantera azulgrana encabezada por Messi, Iniesta y compañía?


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martes, 9 de octubre de 2012

Som i serem


Ha pasado el clásico. Un clásico más. Un nuevo capítulo de esos llamados partidos del siglo en el que el mundo se paraliza y más de cuatrocientos millones de personas se sientan ante el televisor.

Un partido que después del resultado da para miles y miles de líneas desgranando cada acción, cada táctica, cada movimiento. Cientos de artículos discuten y hablan hoy sobre Adriano y los centrales del Barça. Otros tantos se refieren a Busquets y su omnipresente presencia en el centro del campo. La suplencia de Villa no deja indiferente a nadie. La calculada rueda de prensa de Mourinho tampoco, aunque este, que nadie lo dude, era su objetivo. Las palabras de Pepe… ¿qué va a decir Pepe?... parafraseando a Vilanova.

Y encima de todos ellos Messi y Cristiano. Su empate técnico en cuanto a goles los coloca casi como los dos principales candidatos a ese Balón de Oro que tantas opiniones y debates sugiere.

Un clásico que según mi particular visión me dejó un regusto amargo. Y si bien es cierto que tras media hora titubeante los blancos tuvieron la oportunidad de sentenciar, también lo es, que a partir de ahí, pareció que éstos se conformaran con su exigua renta y lo fiaran todo, a su concepción defensiva y vertiginoso contragolpe, propiciando así, que a partir de entonces el balón fuera azulgrana. Y falto poco, muy poco para asestar un golpe casi definitivo a los de Mourinho. Y es que once puntos, son muchos puntos, demasiados, por mucho que unos y otros repitan que la Liga es muy larga y que queda todo por jugar.

Y el día siguiente del clásico,  leyendo y repasando la prensa del día, no dejaba de pensar en esa oportunidad perdida, y en esa repetitiva situación según la cual son contadas las ocasiones en las que el Barça sabe dar un golpe de autoridad sobre la mesa, y dejar patas arriba a su oponente. Era la ocasión de un KO técnico. Y cómo aquellos boxeadores que no saben ver la flaqueza de su rival y se retiran al centro del cuadrilátero dejando respirar a su rival, ahora los azulgrana han hecho lo mismo, y aunque el contendiente sigue tocado, se ha perdido la ocasión de asestar el golpe definitivo.

Y seguía ese sensación de disgusto, cuando cerrada ya la jornada laboral fui a ver el entrenamiento de mi hija. Y fue llegar a la instalación y encontrarme con la foto que adjunto en este post. La totalidad del equipo enfundado en diferentes diseños de la camiseta azulgrana se preparaba para su primera sesión de la semana. Doce niñas ya adolescentes habían pactado que la mejor forma de hacer equipo (habían perdido en su debut en la Liga), era vestirse de azulgrana en homenaje a un equipo que tanto nos ha dado.

Cadete A - Basquet Martinenc.


Y se me pasó el disgusto. Y es que desde que el Barça es el que es, desde que el Barça muestra una imagen de fútbol diferente, desde que el Barça se ha convertido en un club ganador, su influencia es tan grande, y su poder de atracción tan luminoso, que sólo así se comprende que incluso después de un clásico, en el que el resultado no fue positivo, doce integrantes de un equipo de baloncesto se enfunden sus colores, y decidan que quieren mostrarlos independientemente de las circunstancias de un partido más o menos bueno. Y ante eso no hay análisis posible.

La imagen de doce niñas ejercitándose, y olvidando por un día los colores del club que las forma, indica que el sentimiento azulgrana está calando en esta nueva generación que sube, dando vida y constatando que  el lema del último clásico disputado en el Camp Nou la temporada pasada sigue plenamente vigente… “Som i serem”… (Somos y seremos)


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lunes, 8 de octubre de 2012

Otro duelo al sol


No hay buen western que se precie sin esa típica escena duelista, con los antagonistas del film prestos a desenfundar y a dirimir la supremacía del más rápido. El bueno y el malo ante la mirada de todo el pueblo. El bueno y el malo separados por más de cincuenta metros en una calle polvorienta. El bueno y el malo con las piernas abiertas y el revolver a tocar las puntas de los dedos en espera de la señal que marque el inicio de la acción de disparo. Una música de fondo…., y un resultado incierto, que en las buenas pelis que se precien casi nunca acaba en empate. Y es que ya se sabe, el bien prevalece.

Pues bien, en el último clásico disputado de nuestra Liga, Messi y Cristiano Ronaldo, emulando a Charles Bronson o Henry Fonda, ejercieron de pistoleros y dirimieron su particular duelo. Y es que no me negaréis que la pose del siete madridista a cada una de las faltas lanzadas no se asemeja a la de unos de estos malévolos forajidos a punto de dar cuenta de su próxima rival en espera de añadir una muesca más a su revolver, que indique la peligrosidad de su portador.

Y ayer, ambos añadieron dos más a esa interminable lista de balazos que perforan las redes contrarias. Disparo primero el portugués, que parece haberle cogido el gusto a marcar en el Camp Nou, y ha dejado ya para la historia sus negros registros en los enfrentamientos con los blaugrana. Ahora, casi podemos contar por seguro el gol del siete madridista cuando enfrente tiene a Víctor Valdés.

Repasando el partido del extremo blanco, no se puede decir que cuajara un gran encuentro. Sus intervenciones en el juego fueron más bien escasas. Apenas interviene en el juego de combinación, pero es intuir un pasillo entre las líneas defensivas rivales, y encarar la portería rival a tal velocidad, que apenas da tiempo al repliegue defensivo rival. Y más si se tiene en cuenta que la defensa azulgrana de este último partido era un compendio de laterales y jugadores reciclados. Qué lejos queda en la memoria aquel cuarteto que recitábamos de memoria los culés y que hablaba de Alves, Puyol, Piqué y Abidal como un infranqueable muro defensivo, que compaginaba fuerza y anticipación como sus mejores armas. Nos dicen hace un año que Montoya, Mascherano, Adriano y Jordi Alba iba a ser la última línea defensiva azulgrana en cualquier partido más o menos serio, y habríamos tachado al autor de tal profecía de “iluminado”.

Y ante esa defensa, CR7, supo ver los huecos, y ante la lógica desincronización de todos sus integrantes supo colarse y ejecutar esos dos acertados disparos, que casi dejan a uno de los protagonistas del duelo desangrado a poco de iniciarse el mismo.

Pero los azulgranas tienen en sus filas al más rápido del Oeste, al mejor y más determinante jugador de fútbol que jamás haya visto. Un argentino que juega a su aire, que se mueve con soltura y desparpajo, que busca cualquier zona del campo para combinar, y que picado por la efectividad de su rival parece cada día empeñado en demostrarle que sus prestaciones no paran de mejorar. Y éste llegó al rescate para desenfundar su fusil y poner orden y tranquilidad en el caos que se habían convertido los primeros veinte minutos del juego azulgrana.

Y es que Messi ayer ofreció el partido más completo de lo que llevamos de temporada. Se movió por todo el campo. En cada zona del terreno de juego tenía un repertorio a ofrecer. Una combinación, un toque, una finta, un dribling, una asistencia… y una falta. Y es en este último apartado donde parece que esta temporada está alcanzado un nivel nuevo para él. Y está siendo tan efectivo como en el resto de artes que ejecuta. Fue el de ayer un nuevo fogonazo a la moral de Casillas. Ni tiempo tuvo a sacar los brazos en su inútil vuelo para atajar el segundo gol azulgrana que ponía la Liga casi imposible para los blancos.

Es espectacular ver al diez azulgrana, pararse en el campo, con el balón delante de sus pies, y arrancar a derecha o izquierda de su rival, e ir sorteando rivales con una facilidad pasmosa. Un recorte, un caño, un pase en profundidad, una pausa, un sprint. Y un gol tras otro que hace que con apenas veinticinco años, este pequeño jugador esté devorando la historia de los clásicos, y dejando en nada unos registos que hasta la fecha hablaban en blanco. A un solo gol queda ya de la Saeta Rubia, y supera ya a Raúl en sus registros goleadores. Poco a poco, partido a partido, temporada a temporada, el nombre de Messi aupa todas las estadísticas. Estoy convencido que de aquí al final de su carrera, cualquiera de ellas sólo tendrá un nombre escrito en el número uno. La historia del fútbol pasada, y la actual, deberán inclinarse ante un fenómeno que cómo ayer recordó Vilanova en rueda de prensa creo que no volveremos a ver.

Y una vez dirimido el primer clásico de la temporada, queda la sensación que ambos contendientes parecieron dar por bueno el resultado. Unos, porqué poco se podían imaginar que estarían a ocho puntos de distancia con sólo siete jornadas ligueras disputadas. Otros, porqué ven como la diferencia no ha aumentado y esperan que el devenir de la temporada les permita recortar una renta que ahora casi parece abismal, y que ya casi podría haber sido definitiva si hubiera incorporado los dos dígitos en sus guarismos.

A todo ello, y como cualquier buen western, un nuevo escenario ha entrado en liza. Y es que los “indios”, parecen reclamar su territorio, y bajando de las colinas en las que se encontraban aislados, reclaman su parte de reconocimiento y gloria perdidos con el paso de los años. Su nuevo gran jefe, Simeone, y su mejor guerrero Falcao,  parecen haber dado con la tecla de la autoestima. Nadie había contado con ellos en este escenario, y los gritos y las pinturas de guerra se empiezan a oír en la lejanía. Habrá que estar atentos y atender a este nuevo frente imprevisto.


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domingo, 22 de abril de 2012

Siempre nos quedará Munich


Al igual que en la película Casablanca, Ric Blaire se despide de su amante Lisa Lord  con una de las frases más famosas de la historia del cine, “siempre nos quedará París”, el Barça se ha despedido de la actual de edición de la Liga después de que el Real Madrid le derrotará en el Camp Nou, hecho  que parecía un imposible desde que Guardiola ocupa el banquillo azulgrana

Fue el de ayer un Barça atípico. Un Barça reconocible en el campo, con su clásico juego de posición y toque de balón pero que ya desde el inicio ofrecía unas sensaciones muy diferentes a las habituales. Mediado el primer tiempo el equipo azulgrana presentaba unos guarismos por encima del setenta por ciento en el manejo del esférico, justo los mismos que se vieron en el clásico de la anterior temporada. Pero el partido y el juego no tenían nada que ver. Una salida del balón con menos calidad desde atrás y muchas imprecisiones en la media provocaban que las transiciones fueran lentas y muy poco precisas.

El juego de los locales requería de frescura y rapidez, y ninguno de esos dos condicionantes pudieron ofrecer. Parecía que allí donde el cerebro dictaba una orden las piernas tardaban un segundo de más en interpretarla, y de esta forma el parapeto defensivo que los blancos montaron delante de Casillas sufrió menos de lo previsto.

Los blancos, que de inicio parecía que salían a presionar arriba se encontraron con un gol inesperado en uno de los pocos fallos que se le pueden ver a Puyol en defensa. Con esa ventaja, olvidaron su planteamiento inicial, y sabiendo que el empate era un resultado óptima replegaron líneas con un único objetivo: tapar los pasillos interiores azulgrana. Esos pasillos por los que habitualmente se generan las mejores oportunidades de gol. Las bandas más libres eras de Alvés y Tello, aunque es cierto, que al joven canterano azulgrana se le tuvo algo desasistido en la primera media hora de juego, y la mayoría de los minutos transcurrían en la derecha, intentando buscarle las cosquillas a un cuestionado Cointreao, que esta vez hizo un partido muy meritorio.

Así, con un equipo preparado para atacar, y en uno de los contrasentidos que muchas veces ofrece este deporte, el Real Madrid realizó uno de los mejores partidos defensivos en el Camp Nou. Se olvidó del balón, de hecho hubo momentos en que su objetivo era sólo patearlo cuales jugadores de rugby, lo más lejos del área, y sin abandonar su dibujo esperar allí a los locales. El juego se tornaba monótono con una repetición de lentos ataques y despejes al cielo de Barcelona.

Y a pesar de ello, el Barça tuvo sus ocasiones, y claras , muy claras. Pero en una constante de este final de temporada parece que, al igual que ocurrió en Londres la semana pasada, cuesta muchísimo concretar y definir. Las ocasiones marradas por Xavi y Tello en un uno contra uno ante Casillas superaban en mucho las oportunidades de un Madrid, que exceptuando saques de esquina apenas había aparecido por las inmediaciones de Valdés. Pero sin goles no hay paraíso, y así el cero en el marcador persistía y la ansiedad aumentaba.

Hasta el gol del empate azulgrana vino precedido de un nuevo error en primera instancia en el que nuevamente Tello se plantó sólo ante Casillas. Después en una jugada embarullada, Aléxis consiguió el gol en forma de rebote y puso las tablas en el marcador. Tablas y veinte minutos para la esperanza.

Esperanza que Cristiano Ronaldo tardó poco en hacer pedazos. En la única aproximación que tuvieron los blancos hasta entonces, consiguieron romper la tripleta defensiva azulgrana y haciendo gala de esa pegada que ha marcado su temporada, el siete blanco batió a Valdés y puso el cierre a este Campeonato.

Los jugadores catalanes notaron el golpe anímico de ese gol, y a partir de ese momento casi desaparecieron del campo. A la ya de por si falta de ritmo que ofrecieron se sumó la losa moral de un tanto, que añadió plomo a sus piernas y enmudeció un campo que pocos minutos antes gritaba enfervorizado.

No fue este clásico el partido de Messi, ni de Iniesta, ni de Xavi, ni de Valdés, ni de Puyol. Nadie tuvo una tarde inspirada, y nadie parecía poder coger el mando de las operaciones de ataque e incomodar a la defensa blanca. Fue un clásico soso y aburrido en el que apenas se generó juego, y que no pasará a la historia por lo visto.  Sí lo hará por ser la primera vez que Mourinho vence en el Camp Nou, y por ser el partido en el que su equipo  ha conseguido romper con esa tradición de estos casi últimos cuatro años, en los que los azulgrana se han dado auténticos festines ante los blancos.

Ahora, perdido ya de forma definitiva el tren de la Liga, toca mirar sólo hacía delante, y al igual que Bogart en la famosa escena final de la película que sirve de introducción a este artículo, olvidar lo ocurrido, y pensar que en caso de victoria en las dos competiciones que quedan el triunfo blanco quedaría minimizado y la respuesta culé podría ser contundente: “siempre nos quedará Munich”. Ese debe ser ahora el objetivo. El martes tendremos la respuesta. 


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jueves, 19 de enero de 2012

Sin excusas.

Excusa es la acción y efecto de excusar (alegar razones o causas para librarse de una culpa, no querer hacer algo, eximir a alguien de una obligación o responsabilidad, impedir que algo perjudicial se ejecute). La excusa, por lo tanto, es un pretexto que se expone para eludir una obligación o perdonar una omisión.

Y ayer Mourinho, que ha hecho de esta acción su máximo argumento en la continua hilvanación de  clásicos que estas temporadas nos han deparado, se quedó incluso sin esa arma. Ni el árbitro, ni los comités, ni el teatro, ni incluso la suerte pudieron ser esgrimidas como un factor eximente en la comparecencia posterior en rueda de prensa.

Sin excusas para defender su arriesgada apuesta táctica. Y digo arriesgada, no por su puesta en escena valiente y convencida. Al contrario, una apuesta timorata y ultra defensiva, con un equipo partido en dos, que dejaba aislados como boyas a los tres integrantes de la delantera, dejó en evidencia, que al portugués, la visión de los colores blaugrana le hipnotiza. En una puesta en escena que recordaba su último partido en el Camp Nou como entrenador del Inter de Milán, y que basaba la concepción del partido en regalar campo y balón a su rival, el Real Madrid o el Inter de Madrid, se encontró antes del primer cuarto de hora con un gol en el marcador que hacía presagiar, que esta vez sí, se había encontrado la tecla que permitiera salir a los blancos con la cabeza alta del Bernabéu. Fue el único disparo a puerta en casi todo el partido, amén de un cabezazo de Benzemá en los segundos cuarenta y cinco minutos. El resto, fue un correr y correr detrás de esos locos bajitos, que sin parar de moverse trenzaban jugadas, y distribuían el balón a lo largo y ancho del campo. Desde Pinto, convertido en el jugador número once, y con un tanto por ciento en el pase más elevado que algún integrante blanco, los blaugranas fueron poniendo cerco al área de Casillas. Y unas veces, el guardameta blanco, ayer vestido de negro en presagio de cómo acabaría la noche, otras veces el desacierto en la última acción, y otras veces el poste, posibilitaron llegar al descanso con el tanto con el que Cristiano Ronaldo parecía haber dejado atrás sus fantasmas particulares.

Sin excusas por estar condicionado en la configuración de su equipo titular. Una única baja tenía el Mourinho. Di Maria. El resto del plantel a su entera disposición y con múltiples opciones de juego. Se había pasado los días previos al clásico, Mou, menospreciando la importancia del encuentro, y abduciendo lo poco relevante que para su currículum era éste. Pero, llegado el momento, se rodeo de sus más afines, y con todo el clan portugués en escena, planteó un once en el que se sintiera arropado por los suyos, sabiendo de lo controvertido que éste iba a resultar de inicio, y confiando que fueran los jugadores de su círculo más próximo los que se partieran la cara por él. Y allí mandó al equipo, en una absurda concepción del juego de contraataque, que cercenara cualquier posibilidad de hacer daño al rival de forma continua, y que diera alas a la confianza culé. Sabía Mourinho que su prestigio estaba en juego, y únicamente planteó un juego para no perder.

Sin excusas, para valorar un encuentro, con Messi como un único factor determinante. Muchas veces, se han utilizado las prestaciones del diez azulgrana como el único factor desequilibrante entre los dos equipos. En este último partido, el argentino parecía desactivado, y su influencia en el juego fue mucho menor que en encuentros precedentes. Y fueron dos defensas, Puyol y Abidal, los encargados de darle un giro al marcador, que viendo lo que sucedía en el césped no sorprendió a nadie.

Sin excusas, para quejarse de las actuaciones arbitrales,  de las provocaciones del rival, del teatro del bueno, y de la inferioridad numérica. Parece el colectivo arbitral condicionado por el discurso victimista que la temporada pasada, día tras día, partido tras partido,  los técnicos blancos y su prensa afín promulgaron. Y así, ante la permisividad del colectivo, se ven impunes para llevar hasta las últimas consecuencias una agresividad mal entendida, en la búsqueda de la pieza más preciada. Messi. Cada carrera del argentino se ve amenazada por las entradas más alevosas que se recuerdan, sin recibir éstas el castigo que corresponde. Sólo así se entiende que la brutal agresión de Carvalho en los minutos finales, muy cerca de la que cometió Ramos el año pasado en el Camp Nou se quedará sin castigo, y con el central en el campo.

Y por último, sin excusas, para defender a uno de sus hombres, Pepe, que cual delincuente ha convertido su carrera futbolística en una sucesión de hechos a cual más lamentable. No merece el portugués el calificativo de jugador de fútbol No merecen sus compañeros de profesión tener un afín con tal comportamiento. No merece este deporte un individuo de este calibre. No merecemos los aficionados al fútbol, seamos del equipo que seamos, ver a sujetos así en los terrenos de juego. No creemos los aficionados al fútbol, que la práctica de este deporte, necesite de estas acciones. No entendemos los aficionados al fútbol, que una persona que es incapaz de representarse a si mismo, pueda ser utilizada en representación de un colectivo, al que no hace más que dañar. Se requiere una actuación urgente versus este “individuo”, al que habría que sancionar o expulsar definitivamente de la Liga. Su actuación en el partido de ayer debería estar penada.

Ahora, después de los primeros noventa minutos, nos espera la segunda parte de la eliminatoria en el Camp Nou. Una segunda parte que no permitirá a los blancos especular, y en la que deberán buscar el gol desde el inicio. Un partido que pondrá fin a una eliminatoria que dependiendo del resultado pondrá a Mourinho en el disparadero, demostrándole que probablemente, si que había algo en juego. Su puesto y su credibilidad como técnico y persona.


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martes, 17 de enero de 2012

El crédito del clásico

La primera vez que el Real Madrid y el FC Barcelona se enfrentaron en un partido de fútbol fue el 13 de mayo de 1902. El partido era una semifinal de la Copa de la Coronación, y el resultado fue favorable para los culés que ganaron el encuentro por 3 goles a 1. Estoy seguro que hoy, cualquier aficionado barcelonista firmaría para que ese resultado se volviera a registrar, más teniendo en cuenta que esos fueron precisamente los guarismos registrados en el último duelo liguero disputado en el Bernabéu.

En los días previos al partido, si en algo han coincidido los técnicos de ambos equipos es en considerar esta competición la tercera en importancia de la temporada, en un intento de restar trascendencia a los dos partidos que el sorteo ha deparado. No deja de ser curioso el cambio de criterio en cuanto en esta valoración por algunos medios, que vendieron el anterior triunfo blanco en esta competición como el torneo más prestigioso de la temporada, equiparándolo más o menos al doblete de su rival. Y con ese talante moderado, los dos máximos representantes de ambos equipos  afrontan ese nuevo clásico desde posiciones muy distantes y con un crédito muy dispar.

Por un lado, Pep, siguiendo el criterio que le caracteriza, reniega de su historia en estos compromisos, y plantea el partido con la exigencia que para todo barcelonista le produce enfrentarse a su máximo rival. Reniega del crédito que sus estratosféricos números le conceden, y que muestran en este último trienio una superioridad abrumadora sobre los madridistas. Parciales escandalosos, goleadas a domicilio, goleadas como local, y exhibiciones de todo tipo han acompañado a los azulgranas en esta travesía comandada por el de Santpedor. Guardiola lo sabe, y sabe que el colchón sobre el que aterrizaría si se diera una derrota o una eliminación es mullido, muy mullido. Pero, en un gesto que le caracteriza, y que le hace afrontar sus partidos de la misma forma, sea L’Hospitalet, sea el Real Madrid, el contrincante, muestra su lado más prudente, intentando que la confianza y la autocomplacencia que dan tales registros no se instale en el vestuario. Es consciente también, el daño que cualquier derrota sobre los merengues produce en el ánimo de su afición, que desde los extremos pasa de la alegría al llanto, de la euforia a la decepción sin término medio. Pero a su vez, también sabe que cualquier desliz es subsanable y que la confianza en él depositada a día de hoy es ilimitada.

En el lado opuesto se encuentra Mourinho, que también ha planteado el partido desde la intrascendencia. Son ya varios los días en el que recalca que el verdadero objetivo de esta temporada es la Liga, competición en la que lleva cinco puntos de ventaja sobre su rival, y que depende exclusivamente de los resultados que haga contra cualquier otro oponente que no sea el Barça. De esta forma, se le garantiza un título sin tener que enfrentarse a un rival que le tiene cogida la medida, y en cierta forma atemorizado. A los azulgranas se les puede considerar sin temor a equivocarse la bestia negra del luso, ya que excluyendo el mencionado título copero los registros globales marcan un contundente diecisiete goles a ocho, en una serie de cuatro victorias azulgrana, y tres empates, amén de la ya mencionada victoria merengue.

A parte de estos guarismos, el hecho de enfrentarse a los catalanes le ha dejado fuera de todas aquellas competiciones a doble partido, quedándose en el camino en las semifinales de la anterior Copa de Europa y la última Supercopa. Por tanto, y volviendo al crédito, éste para el luso se acaba. Una nueva derrota ante los culés minaría su moral, minaría la confianza de sus jugadores, y sobre todo minaría la moral de una afición que vio su llegada al Madrid como el primer paso para derrocar la hegemonía azulgrana. Y no sólo no se ha producido este hecho, si no que incluso a día de hoy ésta se ha acrecentado.

Es Mourinho consciente de lo que se juega, y así lo refleja en su talante. Se muestra esquivo en las ruedas de prensa, y hasta casi molesto con todo lo que tiene que ver con el partido. Poco a poco se queda sin respuestas ante las acometidas de los periodistas. Su currículum, impresionante, cada vez lo es menos, o más lejano, y el recuerdo de sus títulos más gloriosos ya queda lejos. Es este un partido, en el que jugándose mucho el Madrid, no lo hace tanto como su entrenador. Un entrenador que vive de su prestigio, que vive de sus números, y que ahora, en estos años como entrenador blanco ha visto reducidos a la mínima expresión.

Y ese crédito se reflejará en el césped. Unos los culés, nos mostrarán su dibujo habitual. Co cuatro o tres defensas, en la duda eterna de este temporada, el equipo saldrá al Bernabéu con el típico juego de toque y posición, y buscará la victoria desde un principio. Pocas son las dudas que ofrece su alineación, teniendo en cuenta además la parquedad de sus efectivos. Los blancos, por su parte, se debaten en tácticas defensivas, en dudas en su lateral derecho, en la ubicación de Pepe como mediocentro, y en la inclusión de un trivote en el centro del campo que compense la superioridad del toque culé. No reniegan del cero a cero como un resultado favorable, y se muestran estas vez más cautos que en anteriores duelos. El daño psicológico de la última victoria catalana sigue latente, y desde esa posición se plantea el partido.

Sí, se juega mucho Mourinho. Se juega mucho él y su clan portugués, en el que ha puesto toda su confianza en este proyecto. Un nuevo revolcón dejaría su valoración y las de sus estrellas extranjeras por el suelo, y convertiría los diecinueve duelos ligueros restantes, en los que el Barcelona no está presente, en una espada de Damocles sobre su cabeza, disputando cada uno de ellos bajo una presión insostenible. El crédito de Mourinho se acaba.


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