El gol. La acción máxima del partido. El objetivo final de cualquier
estrategia. La culminación, la definición, la finalización de cualquier acción
de ataque. Puede ser de rebote, olímpico, de cabeza, de tiro raso, cruzado, al
palo corto, al largo, de chilena, hasta puede que sea fantasma, En cualquier
caso, existe una especie de depredador del área, con una intuición y un saber
hacer diferente ante este tipo de acciones, un jugador que se convierte en
especial El jugador que cualquier equipo
desea. El jugador que se convierte en Dios.
Un arte en el fútbol que no sólo vale por su definición, sino que a su vez,
también lo hace por sus intentos de ejecución. Sólo hay que glosar la figura de
Pelé, y sus casi goles. Su casi gol
de más allá del centro del campo o su casi gol en una finta inverosímil ante la
salida del contrario, casi son tan famosos como sus otros más de mil goles a
los que ahora se agarra para seguir defendiendo su supremacía como el mejor.
Y que decir del conseguido hace semanas por el sueco Ibrahimovic, que ha pasado a ser casi leyenda con su estratosférico
tanto ante la selección inglesa. Un gol que sumado a los otros tres
conquistados en un mismo partido, le aupó a categoría de mito, e hizo correr
adjetivos y elogios por doquier. Un gol que se ha dado por definir como el
mejor de la Historia de este deporte. Un gol imposible sólo a la altura de
jugadores con un talento especial, y que son capaces de concebir tal acción en
su cabeza. Y es que si ya es meritoria la definición en si mismo, mucho más lo
es su concepción y visualización. ¿Cuántos hubieran intentado esa acción? ¿Cuántos
hubieran optado sin mas por un buen control?
Pero hay alguien que les supera. Alguien que semana a semana se mide a los
porteros contrarios con una asombrosa facilidad. Un jugador que define y
ejecuta casi de forma rutinaria. Un diez que enciende sus luces en una zona del
campo donde a la mayoría se les apagan. Un argentino que ha convertido lo
especial en natural. Lo extraordinario en cotidiano. Lo excepcional en
rutinario. Es Messi.
Messi, que partido a partido, jugada tras jugada, nos
recuerda que nadie hasta ahora ha visto puerta con tan mundana facilidad. Es
verle encarar al portero y saber que un nuevo guarismo va a subir al
marcador. Unas veces chuta con fuerza, otras acompaña, otras coloca, otras
remata, y en muchas otras, parece que realiza simples pases a la red. Son goles y
asistencias en uno. Asistencias que tienen como objetivo los pies de una red
que espera recoger el balón con suavidad, y que lo retiene en allí, a la espera
de que el cabizbajo portero lo recoja. Hasta en diecisiete ocasiones esta
temporada ha conseguido este pequeño genio dejar allí posado el esférico.
Diecisiete ocasiones de treinta y cuatro disparos a puerta. Un cincuenta por
ciento de acierto que ya quisiera para si los máximos cañoneros de deporte de
la canasta. Un futbolista con porcentajes superiores a cualquier alero de élite
merece una definición aparte.
Todavía recuerdo aquellas Ligas, en las que los pichichis de nuestra Liga, se encaramaban a la privilegiada
posición de número uno de estas listas, con apenas la veintena de goles
superados. Juanito, Quini, Raul, Satrústegui,
Vieri, Butragueño, Eto’o, Bebeto… son casi aprendices de goleador
comparados con las prestaciones del diez azulgrana. Llegar a la treintena era
hablar de números casi esotéricos. Forlán,
Ronaldo, el brasileño, o Romario en su afán de cumplir su
promesa inicial lo lograron. Sólo Hugo Sánchez
y ahora Cristiano Ronaldo parecen poder acercarse a esa
facilidad con las que el rosarino ejecuta.
Messi, que esta última jornada ante el Zaragoza, consiguió un nuevo doblete,
el séptimo de la temporada. Messi
que parece que nunca dice basta. Messi,
a diez partidos de superar al máximo de los goleadores conocidos en un año
natural; Müller. Messi, que en una sola temporada es
capaz de marcar tantas veces cómo otros delanteros en toda su carrera. Messi, ese extraterrestre que minimiza
al resto. Messi, un crack sin límites,
un crack nacido para golear.
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