En una semana en la que el rey de los medios está siendo Mourinho y la polémica que siempre le
persigue. En una semana en la que en Barcelona
estamos con la calculadora en la mano esperando el gol de Messi que supere ese récord de Müller.
En una semana en la que el Barça
consigue el mejor arranque liguero de la historia, en la que el Málaga se confirma como el mejor
debutante en la máxima competición, en la que el Manchester City, candidato al máximo galardón se confirma como el
gran fiasco del año…. En una semana en la que se podría hablar de mil y un
temas, la noticia que más me ha llamado la atención es la que ayer publicaba El País, y que os dejo en este enlace. Tres juveniles matan a un linier en Holanda.
Ante tamaño disparate, no puedo dejar de preguntarme sobre que tipo de
educación han recibido estos tres jóvenes, que son capaces de golpear hasta la
muerte a una persona por la simple disputa de un partido de fútbol. Qué tipo de
club permite que en sus filas haya jugadores que puedan llevar a término
tamaño despropósito.
Yo, cómo ya sabréis tengo hijos en edad cadete y juvenil. Una, Marta, se dedica al baloncesto, y el
otro; Marc está en su último año
antes de finalizar su periplo formativo. La verdad es que me resulta llamativo
el ambiente que muchos fines de semana veo en pabellones y campos de fútbol.
Ambiente que va más allá del que ellos disputan en las canchas. Ambiente que se
enrarece en mil y una discusiones allí donde debería imponerse la cordura y el
sosiego: la grada.
Gradas a menudo exacerbadas ante decisiones arbitrales erróneas, ante
acciones de contacto en deportes definidos precisamente así. Insultos sin
sentido ante niños y niñas indefensos que su único objetivo en un mañana de sábado
o tarde del domingo es pasar un buen rato y disfrutar del deporte que les gusta
en compañía de sus iguales. Gradas que chillan, que presionan, que viven los
partidos cómo si de la máxima de las competiciones se tratará. Árbitros que en
ocasiones son niños en aprendizaje constatan desde sus primeros pasos, que su
sino será siempre ser discutido. Jugadores rivales, que desde ya muy pequeñitos
se acostumbran a oír desde la grada insultos por alguna acción desafortunada.
Entrenadores que se ven vilipendiados, discutidos, y a veces ultrajados por una
simple derrota, un mal cambio, o por simplemente no coincidir con las ideas del
padre o madre de turno. ¿Es ese el deporte de formación que deseamos crear?
Recuerdo mi infancia. Una época de crisis económica. Los setenta. El fenómeno
“quinqui” estaba en su máximo auge en
Barcelona. La Guineueta, mi barrio.
Barrio periférico, de trabajadores. Barrio donde las bandas callejeras en según
que zonas creaban guetos y convertían ciertos pasajes de difícil circulación.
Bandas a las que sólo podíamos acercarnos para jugar un partido de fútbol. Sólo
hacía falta un espacio despejado, cuatro piedras en forma de poste, y entre
diez o quince chavales dispuestos a dirimir de otra forma la supremacía del más
fuerte. A galletas, tortas, hostias, mamporros siempre perderíamos nosotros.
Con el balón era otra historia. Nos convertía en iguales, nos hacía compañeros,
nos hacía casi amigos.
Partidos a veces duros. Suelo de gravilla en los que una rascada te dejaba
marcas de por vida. Partidos de tiempo sin límite. Al mejor de veinte, con dos
de ventaja. Partidos que empezaban al atardecer y que sólo la falta de luz ponía
su fin. Palabrotas, patadas, caños, paredes y regales inverosímiles se juntaban
en el mejor espectáculo que el barrio nos podía ofrecer. Partidos sin árbitro,
sin público. La deportividad la marcaba cada uno, y el reglamento se establecía
de mutuo acuerdo. Fútbol casi sin límites y sin reglas.
¿Y os podéis creer que nunca un encuentro de ese tipo acabo en pelea? Niños
y adolescentes que en cualquier otra situación te atracaban sin complejos a
punta de navaja., jóvenes en busca de dinero fácil que en ocasiones te perseguían
en busca de las pocas pesetas que en aquel entonces podías llevar en el
bolsillo, jugábamos a fútbol sin que nadie mediará, y acabamos los encuentros
en franca armonía. No me libré yo de atracos por el sólo hecho de ser El
Jose.., aquel que juega en la calle y ser reconocido por algunos
de los cabecillas de esas bandas.
Y ahora , en un ejercicio de imaginación pongamos a esos partidos
callejeros un campo de césped artificial. Pongamos también unas porterías
reglamentarias, un árbitro federado y unos banquillo con entrenadores y
suplentes. Pongamos también gradas en el campo. Y con nuestra imaginación
llenemos esas gradas de padres, madres, abuelos, tios, tietas, y amigos. El sueño de cualquier niño de mi época!!!.
Pues mucho me temo, que de ser así, aquellos encuentros de los setenta, que
acaban entre risas y con una despedida o reto para una pronta revancha, en más
de una ocasión finalizarían de forma diferente. Daros una vuelta por cualquier campo de
vuestra ciudad un fin de semana cualquiera y entenderéis porqué. Y después,
volver a leer la noticia inicial que aquí os dejo, y veréis que aunque parezca inverosímil,
ya no lo es tanto, y que aquello que unos niños crearon para su disfrute está
perdiendo su esencia y auténtico valor.
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