Con la contundente victoria de ayer en “La Catedral” el Real Madrid sella su trigésimo segundo
título de campeón y pone fin a este cuento que empezó ya hace unos lejanos ocho
meses. Con este triunfo el equipo merengue deja de lado ese estigma azulgrana
que le atenazaba, y que le hacía verse inferior ante la superioridad en juego y
títulos que su principal rival había demostrado en temporadas precedentes.
Ahora, destronados los azulgrana de ese pódium ganado por derecho, los
blancos, que han vivido esta temporada sumidos en la confrontación continua y
el estrés, puede que alcancen ese punto de tranquilidad que a veces les pierde.
Ha sido una Liga tensa, muy tensa. Ha sido la Liga de la presión al colectivo
arbitral, la Liga de la pegada, la Liga más bipolar que nunca se haya dado, la
Liga de Mourinho, la Liga del fin de Guardiola, la Liga de los récords de
Messi, la Liga de los silencios, la Liga de los récords blancos, la Liga de los
penaltys, la Liga de las manos.
Desde el lado culé en el que me encuentro, da rabia la victoria blanca. No
creo que ese sentimiento sea muy diferente al que siente cualquier aficionado
por la victoria de su máximo rival. Tenía la sensación a principios de
temporada que el título liguero era uno de los más seguros para los azulgrana.
La superioridad del juego, y la hegemonía de estos jugadores en los años
precedentes así me lo hacían ver. Y no pensaba que en la disputa de treinta y
ocho jornadas nadie nos pudiera hacer sombra. Y no ha sido así.
No ha sido así por varios factores. Uno de ellos atribuible al mismo equipo
azulgrana. Parecía que el campeonato se ponía a sus pies en las primeras diez
jornadas, cuando aprovechando los tropiezos blancos contra el Levante y el Racing de Santander el equipo se encaramó a la primera posición
dejando a su rival en una situación alarmante. La crispación se adueño del
territorio blanco y parecía que el fin de Mourinho
podía estar próximo a poco que las cosas fueran mal dadas. Pero no fue así, y
entre tropiezos propios y aciertos ajenos los blancos se recuperaron y pusieron
tierra de por medio. Y a mediados de febrero pusieron tanta que parecía
imposible poder recuperarla.
El Barça este año no ha tenido el punto de frescura de temporadas
precedentes. Le ha costado imponerse fuera de su estadio, y el empate ha sido
cosecha común en sus visitas. Y en una Liga a la escocesa, en la que los
rivales apenas tienen armas que oponer a los dos grandes, los resultados negativos
se pagan. Y vaya como se pagan. En los últimos partidos, y ya con todo decidido
parece que aquel equipo vivaz ha vuelto. Parece que las piernas hayan soltado
lastre y se ha recuperado la rapidez en la transición y en la circulación del
balón. Y aunque algo tarde, parece que el equipo llegará con fuerzas a la
disputa del último título de la era Pep,
haciendo posible un 14 de 18 antológico.
Decía que ha sido la Liga de la pegada. Para mi otro de los factores
determinantes. Sin un juego tan elaborado ni preciosista como el azulgrana, los
blancos necesitan muy pocas cosas para cerrar un partido. Un robo de balón, una
salida fulgurante por el medio, apertura a las alas, centro y gol puede ser la
reseña de un alto tanto por ciento de los goles conseguidos esta temporada.
Goles que han superado todos los récords y que les han llevado a lo más alto.
Un estilo de juego, si se quiere, lejos del arquetipo de los llamados equipos
grandes. Un estilo de juego basado en las contras, y más asociado a equipos de
un perfil más bajo. Pero un estilo de juego que les ha llevado a superar
situaciones complejas con facilidad y contundencia. Allí donde los culés pensábamos
que podía llegar un tropiezo blanco, más era la contundencia del resultado a
favor de éstos. El último partido que certificó el alirón es una muestra.
Ha sido la Liga de los silencios. El de Mourinho, autoimpuesto por aun no sé muy bien porqué. En una
confrontación contra todo y contra todos, parece empeñado el portugués en
hacerse notar. Ahora hablo, ahora no hablo, en un constante duelo dialéctico
con la prensa contraria, la afín, y hasta con la afición. Es la del técnico
portugués una posición que no acierto a entender. Ese rictus de cabreo
constante, esa manera de enfrentarse, ese constante recuerdo a su rival. Esa
perenne manía de la queja. Ha sido volver a los micrófonos, y volver a
acordarse de Messi, de Guardiola. Ha sido volver a la sala de
prensa y volver a hablar de sus éxitos y victorias en un repaso sistemático de
su currículum. Ha sido verse ganador y lanzar un toque de atención a su propia
afición. No entiendo a Mourinho.
Y silencio de Guardiola tal y
como él mismo reconoció ayer. Silencio que ha tapado desde la sala de prensa
culé otro de los temas estrellas de esta temporada: la polémica arbitral. Polémica
que viene heredada por la constante puesta en duda de los éxitos de los
azulgrana en estos últimos años, y que ponen a Villar y Platini como a
los verdaderos artífices de los triunfos culés. Villaratos y Platinatos han
sido las palabras más repetidas en estos tres últimos años, y parece que la
presión ha surtido el efecto esperado. Pocas han sido las referencias de Pep y su equipo a este tema, pero si
que es cierto que existe entre la afición blaugrana y el equipo la sensación de
que el trato por parte del estamento arbitral podría haber sido diferente.
Errores puntuales en situaciones límites han puesto alguna que otra piedra en
el camino culé. Y ante unos resultados más ajustados que en temporadas
precedentes, alguna de ellas han dado lugar a tropiezos inesperados.
Ahora, con el fin de este cuento, que no ha tenido final feliz para las
huestes azulgrana, sólo queda felicitar al rival, y esperar ganar el título que
nos falta. Espero ya con ansia la continuación de esta historia, y que el capítulo
vivido sólo sea un periodo de bajón del cual resurgir con más fuerza que antaño.
El próximo cuento no tardará mucho en publicarse.
Tweet
https://twitter.com/jcarrasquet
Si te ha interesado este artículo, quizas quieras leer estos:















